LORD STRITH

O ese Pepito grillo estricto que hay en ti

A lo largo de nuestra vida vamos construyendo nuestras propias opiniones, formas de ver las cosas o nuestros propios valores. De esta manera nuestra personalidad va tomando forma, o lo que es lo mismo, se va determinando la tendencia que tenemos a actuar, pensar o sentir. Empìeza a crecer nuestro personaje congnitivo. Es lo que nos hace únicos e irrepetibles. Nuestro sello.

Alba (nombre ficticio) llegó a nuestra consulta porque tenía una determinada conducta (a partir de ahora vamos a llamarla “conducta XXX”) que repetía cada semana. El problema llegaba cuando le venía su resaca moral, aquella que nos invade cuando reflexionamos sobre algo cuando ya ha pasado, ya que no le hacía sentirse bien. Todo lo contrario. Le hundía casi en la miseria emocional.

“Eres una pringada. Antes moladas y ahora no”.

A lo largo de varias sesiones empezamos a quitar la tela de araña que había bajo ese sentimiento desagradable que experimentaba Alba cada vez realizaba la “conducta XXX”. Antes de continuar con esta historia, tenemos que aclarar que la “conducta XXX” no provocaba daño físico alguno ni a Alba ni a otras personas. Por lo que el reproche moral estricto no tenía sustento. A simple vista.

“Eres una pringada. Antes molabas y ahora no. La has vuelto a liar”.

En uno de nuestros encuentros Alba me confesó: “No puedo seguir haciendo esto”, a lo que le contesté: “Dime porqué no, ¿cuál es la razón?”. Y su respuesta seguía siendo un silencio desorientador. No alcanzaba a encontrar la salida a ese laberinto emocional en el que estaba metida y no sabía como salir. La única información que recibía eran esos mensajes negativos desde no se sabe dónde:

“La has vuelto a liar. Qué mal lo haces todo”.

En nuestro día a día, consciente o inconscientemente, sometemos lo que vivimos a juicio. Tanto a nosotros mismos como a lo de los demás. Un juicio en el que las normas o las reglas las ponemos nosotros mismos, aquellas que hemos ido construyendo a lo largo de nuestras vidas. Esas normas son la base de nuestro filtro cognitivo, o mejor dicho, las que lo moldean o dan sentido. Para que nos entendamos, imagínate que te estás poniendo unas gafas con el color de la lente roja y de repente tu alrededor se vuelve de ese color. Mires donde mires solo hay color rojo. Pasaría lo mismo si tus cristales tuviesen rayas o si estuviesen distorsionados. La visión que tienes depende de la lente con la que lo mires.

¿Qué pasa cuando crecemos en un entorno que nos envía mensajes estrictos? Como por ejemplo: “debes de ser buena niña y estudiar mucho”, “las relaciones sexuales solo y exclusivamente si son con tu pareja estable”, “si estudias ahora, triunfas seguro de mayor”, “las relaciones de pareja son siempre maravillosas”, “eres perfecta”… Pues que la tendencia de tu filtro cognitivo irá en la misma línea. Es como si tuviéramos algún personaje cognitivo, una voz interna que nos va guiando y dando instrucciones. Puede ser un personaje positivo o alentador que nos manda ánimos: “¡Al menos inténtalo! Otras veces lo has conseguido”. Uno pesimista, agorero o aguafiestas: “Ni lo pienses, eso es muy difícil para ti”. O incluso estricto o reprochador, como el personaje de nuestra protagonista, Alba. Hay tantos tipos como personas que somos. Cada uno con sus características y cualidades.

Para Alba fue un alivio descubrir su filtro, su personaje cognitivo. Le puso lógica a su malestar, a esa resaca emocional que surgía tras la “conducta XXX”. Descubrió el hilo conductor entre lo que hacía y cómo se sentía, es decir, el razonamiento o pensamiento que hace de conexión entre ellos. Esta revelación es el primer paso para cambiarlo.

Poco a poco, Alba fue siendo consciente de la presencia en su día a día de ese personaje cognitivo que juzgaba, como el juez de la foto, su día a día. Era un filtro poco flexible y con unas reglas estrictas, algo que hacia poco probable que Alba se sintiera bien. Para ponerle un toque de humor, y como técnica terapéutica, lo convertimos en personaje y le pusimos cara. El nombre fue sencillo, el “hombre estricto” o dándole un toque internacional “Lord Strith”. Pelo blanco, toga, peluca como las de los jueces y abogados ingleses, rostro tenso y dedo acusador. Eso sí, con una voz de niño puberal con la que conseguimos que Alba se riese cada vez que escuchaba uno de esos mensajes bomba.

“La has vuelto a liar. Qué mal lo haces todo”.

Escuchado con voz de pito, ¡tiene otro matiz! ¿No crees?

Y al final, fueron incluso amigos.

Dedicado con todo mi cariño a mi querida Alba y, por supuesto, a mi gran maestra Mayte.

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