Abr 11, 2015 | educación, Psicología
¡No quiero tener un nuevo hermanito!
En el momento que otro bebé aparece, la vida de los más pequeños de la casa sufre un cambio drástico. La atención de sus padres se divide, los mimos se reducen y hasta puede que tenga que compartir sus propios juguetes. Todo ello con un claro culpable: el nuevo hermanito.
¡Oh no, no digas eso! Este niño necesita un cariño especial, Merche. No olvides que
hasta hace un año era el rey de la casa. Es el príncipe destronado, ¿oyes? Ayer todo
para él; hoy nada. Es muy duro, mujer.
El príncipe destronado, Miguel Delibes, 1974
Desde el nacimiento relacionarse significa compartir, coincidir en el espacio físico y coexistir en la esfera de los intereses y las emociones. Desde que nacemos nos relacionamos con nuestros padres, familia y las personas más cercanas a nuestro contexto inmediato. El desarrollo de todo ser humano se realiza bajo la protección paternal, éstos son los encargados de proporcionar el terreno más apropiado para que éste aprenda, ejercite y desarrolle su área social en distintos contextos sociales cada vez más amplios y complejos (familia, colegio, juegos, fiestas de cumpleaños, etc…). Cada uno de ellos tienen características singulares, que hacen que el niño actúe de distinta forma dependiendo de si está con sus padres, con sus hermanos o con sus compañeros de clase.
La familia es el entorno donde además de sentimientos positivos como protección, cui
dado o preocupación también florecen la rivalidad, la envidia y los celos. Cuando se dan éstos últimos entre los hermanos empiezan las peleas por tener el trozo más grande de tarta, un sitio concreto en el sofá para ver la televisión, tener juguetes… es decir, una lucha continua por ganar el espacio físico o emocional. De algo nos suena todo esto, ¿verdad? Si no somos padres, seguro que algún recuerdo de nuestra infancia se corresponde con esto. No solo con hermanos, también con primos, vecinos o amigos. Cualquier persona que interrumpiese en nuestra rutina familiar.
En su vida, el niño se enfrenta a muchas situaciones estresantes que suponen alteraciones en el ambiente y requieren un periodo de adaptación como: primer día en la guardería/cole, traslado de domicilio o de cole, fallecimiento de un familiar, ausencias prolongadas de los padres, ingreso en el hospital y el nacimiento de un hermano. La llegada de un nuevo hermano es un acontecimiento de bastante estrés para el niño, puesto que todo su esquema familiar, se descompone y se vuelve a componer de una manera distinta. Seguramente los padres no se dan cuenta porque ellos lo viven con ilusión pero, el hermano mayor lo vive con ansiedad, desánimo e incluso sensación de abandono. Los celos son la respuesta normal a la nueva llegada de un hermanito o en su lado opuesto, empieza siéndolo hasta que deja de ser un comportamiento evolutivo para ser patológico. Visto desde la perspectiva de un niño, los celos son el resultado de sentir que le desplazan o que pierde un poder de la noche a la mañana y con un claro “culpable”. Es lo que se conoce como el “síndrome del destronamiento”. Si nos metemos en sus cabecitas seguro que podemos escuchar cosas del tipo: “hasta hoy, yo era el rey de esta casa. Todas las atenciones me las llevaba yo, todos los juguetes eran míos y cada mimo de mis padres eran para mí”. Como cualquier persona que pierde poder, el niño intenta recuperarlo pero con los medio con los que puede contar un niño de su edad.
Es decir, llamando la atención con los recursos que tiene a su alcance: llanto exagerado, conductas regresivas, agresión, introversión…
Pero, ¿hay algo de positivo en todo esto? Quizás para los primeros momentos del hermano mayor esta sea una posibilidad casi inexistente pero, tal y como nos indica el autor Perinat, “a ser hermano se aprende y este aprendizaje es una pieza básica de la socialización (Perinat, 1988)”. La relación fraterna es una contribución directa al desarrollo emocional, cognitivo y social del niño (Boer, Westenberg, McHale, Updegraff y Stocker, 1997). El hermano mayor es el primer contacto con iguales que tiene el niño pequeño; es lo más próximo y parecido a sí mismo que tiene desde su nacimiento hasta que accede a la escuela infantil. A su vez, el hermano mayor tiene todo un campo para experimentar, aprender y consolidar relaciones con otros que implican desde conductas de cooperación hasta de rivalidad. La relación entre hermanos es compleja, diversa, rica en matices y a veces contradictoria. En definitiva, se puede decir que tener un hermano significa tener un compañero de juego, un modelo de imitación, una fuente de conflicto, un vinculo afectivo y un compañero de múltiples experiencias significativas (Arranz y Olabarrieta, 1998).
¿Cómo identificar si un niño muestra respuestas celotípicas? Aquí enumeramos las conductas más características:
- Llanto y rabietas: es la forma más típica de presionar a los padres y llamar su atención para obtener su deseo. Es una de las estrategias más eficaces con las que cuenta el niño.
- Retraimiento: introversión, reducción de la autoestima, juegos solitarios y evita salir de casa tanto como hacía antes.
- Búsqueda de atención: interrupciones, se muestra alborotado o incordia cuando se está atendiendo al menor. Pueden ser de mayor intensidad en cuanto que los padres no le dan la atención que el niño necesita.
- Alteración en el ritmo del sueño y alimentación: pesadillas e inapetencia son dos síntomas claros del estado depresivo en el que se sumerge el niño. Insomnio, terrores nocturnos.
- Desobediencia: tiene la doble finalidad de fastidiar a los padres y obtener su atención aunque sea a través de la reprimenda y el grito. El niño encuentra gratificante la atención que recibe su desobediencia y la utiliza en su beneficio.
- Conductas de fastidio hacia el hermano: paso previo a las conductas agresivas. Comportamientos menos llamativos que las agresiones físicas violentas, pero se producen con mayor constancia.
- Agresividad: siempre con la finalidad de llamar la atención de los padres.
- Conductas de evolutivamente inapropiadas: enuresis o habla infantil, conductas ya superadas por el niño. Suponen las más llamativas son volver a utilizar el chupete, deseo de dormir en la cuna, solicitar a la madre que le dé de comer, que le coja en brazos o mostrar mayor apego. Son un proceso de imitación al menor, porque interpreta erróneamente que así logrará la tención y el cariño de la madre.
- Obediencia y colaboración: el niño cree que comportándose como sus padres esperan de él, obtendrá toda la atención que busca. Pero existe la probabilidad de que esta conducta sea saludable y es significativa de una clara madurez e independencia con la que el niño vive la presencia del hermano.
Ahora que podemos identificar cuando nuestro hijo está celoso, nos queda el último paso: saber cómo actuar. Es importante empezar a “preparar el terreno con tiempo”. Es decir, durante el embarazo ir introduciendo poco a poco el cambio. Hablar del nuevo miembro de la familia que está en la barriga de mamá y dejar que lo sienta. En el caso que se necesite cambiar cosas como la habitación, es aconsejable que se haga con prontitud.
De esta manera, el hermano mayor no asocia la nueva ubicación con el nacimiento del bebé. Por otra parte, cuando el niño vea su hermano por primera vez, es aconsejable que el recién nacido no esté en brazos de la madre. Evitar este “shock visual” al menos en el primer contacto con la nueva realidad.
Y por último, a partir de este momento es más importante la calidad que la cantidad de tiempo que se pasa con el hijo mayor. Hay que buscar momentos en los que no haya interrupciones para que la relación sea productiva. Ambos padres deben involucrarse. Tienen que enseñarles a convivir, compartir, esperar su turno. Pueden utilizar juegos que supongan interacción en el sentido de cooperación, respeto y tolerancia. Aunque es difícil, hay que hacer caso omiso de los comportamientos inadecuados provocados por los celos. Los padres han de saber que cuando el niño advierta de su indiferencia, incrementará la intensidad y frecuencia de sus quejas. Es el momento de ser paciente y esperar que poco a poco vaya cediendo en su actitud.
En Ampsico te proponemos una idea para ayudarte si estás en esta situación. Facilita a tu hijo la tarea de entender que la familia crece, pero con materiales adecuados a su edad. Crea junto al resto de la familia (mamá, papá y si hubiera más hermanos) un árbol genealógico donde aparezca el hueco para el nuevo miembro. Lo ideal sería acompañarlo con fotos de cada persona y el nombre. Dejar al niño que sea él quien diseñe, coloree y decore la obra. Luego, colocar en un lugar de la casa donde se pueda ver a diario y hablar de ella en varias ocasiones. Por ejemplo, que el autor del árbol se lo muestre a las visitas que vengan a la casa y lo presente hablando de todos los miembros. Sin darse cuenta, comienza a construir su nueva realidad.
Con un tratamiento adecuado de la situación por parte de los padres y de las personas del entorno más cercano, se logrará que el niño aprenda a tolerar, compartir y participar tanto con su hermano como con sus iguales. Es una gran oportunidad para que el niño comience su aprendizaje social, los celos son la primera prueba a la que se someten para aprender a relacionarse. Por eso, los celos se consideran un aspecto del proceso de socialización, al igual que se aprende a ser amigo o hijo, a ser hermano se aprende día a día. Y como en todo aprendizaje de un niño, se hace imprescindible la actuación adecuada de los padres y entorno más cercano.
Ortigosa Quiles, J.M. (2007). El niño Celoso. Ojos solares, tratamiento. Editorial Pirámides.
Tierno, B & Giménez Montserrat (2004). Cómo entender y ayudar a tus hijos. La educación y la enseñanza primaria de 6 a 8 años. ¡Juega conmigo! Aguilar, Santillana Familia. Madrid.


Abr 11, 2015 | Psicología
Muchos de nosotros en algún momento de nuestras vidas, hemos reflexionado o prestado un mayor o menor grado de atención a nuestra autoestima, es decir, a la valoración, el afecto y la aceptación que sentimos por nosotros mismos y que los demás también nos hacen sentir.
Pero, ¿qué es la autoestima? Hace referencia al conjunto de percepciones, imágenes, pensamientos, juicios y afectos que tenemos las personas acerca de nosotras mismas. Se va conformando sobre todo durante nuestra infancia, principalmente a partir de la imagen que nos devuelven las figuras significativas, aunque también es el resultado del proceso de socialización, en el cual la familia y la escuela tienen un papel esencial.
Una autoestima adecuada nos proporciona un trato digno y basado en el respeto hacia nosotros mismos, y además nos facilita la búsqueda activa de actitudes que fomenten nuestro bienestar. Podemos enumerar una serie de características que constituyen una autoestima positiva ,las denominadas siete “aes”:
- Aprecio y Afecto: Demostrarnos cariño, comprensión, y en definitiva, sentirnos bien manteniendo hacia nosotros una actitud positiva.
- Aceptación: Aprender a aceptarnos tal y como somos, lo cual no quiere decir que no podamos cambiar, y por consiguiente, tener siempre abierta la posibilidad de mejorar ciertos aspectos con los que no nos encontramos del todo cómodos.
- Atención y Autoconsciencia: Prestar atención a nuestras cualidades, necesidades, deseos, así como también a nuestros defectos y limitaciones. También es importante observar el modo en que nos vemos a nosotros mismos.
- Apertura y Afirmación: Tomar una actitud abierta hacia los demás, reconociéndolos y afirmándolos; bajo esta premisa se encuentra la idea de que no podemos vivir de forma totalmente independiente de otras personas, estamos en constante interrelación con ellos.
En contraposición a lo anterior, quienes tienen una baja autoestima tienden a sentirse culpables con bastante frecuencia, creen que los hechos negativos que ocurren a su alrededor se deben a algo que ellos mismos han hecho mal (es decir, se atribuyen a sí mismos los fracasos y las experiencias negativas), y sin embargo, cuando tienen éxito o logran algo positivo, normalmente suelen buscar causas externas para explicarlo (por ejemplo, el azar, la suerte o la ayuda de otras personas).
Sin duda, la confianza que tenemos en nuestras capacidades y nuestros recursos para manejar las circunstancias y lograr nuestros propósitos se convierte en aspecto clave de la autoestima. Así, junto con una alta motivación y perseverancia (por citar sólo algunas cualidades), podremos contar con nuestra mejor aliada para ayudarnos en el proceso de crecimiento y desarrollo personal.
Aquí os indicamos algunas pautas para mejorar la autoestima:
- Reconoce tus logros personales y tus éxitos, y felicítate por lo que has conseguido.
- Acepta tus errores, y aprovéchalos como una oportunidad de aprendizaje, tratando de no aferrarte únicamente a tus limitaciones y defectos.
- Modera tus exigencias y ajusta expectativas. Date permiso para fallar, regula tus autoimposiciones. A veces somos demasiado críticos con nosotros mismos, quizás sea el momento de valorar si los objetivos que a veces nos planteamos son poco realistas y tenemos entonces que readaptarlos o reformularlos.
- Plantéate objetivos y metas. Busca el modo de alcanzarlos, elaborando un plan flexible y evaluando los avances que vayas consiguiendo y los obstáculos que se presenten, busca alternativas de solución.
- Rodéate de un entorno que alimente tu autoestima, personas y ambientes con los que disfrutes y enriquezcan tu vida.
Para terminar, el siguiente fragmento, que corresponde a un poema de Virginia Satir, es una propuesta para reflexionar sobre aquellos aspectos que poseemos, y cómo éstos pueden facilitar nuestra aceptación y autoconocimiento.
(…) Soy dueña de mis fantasías,
mis sueños,
mis esperanzas,
mis temores.
Son míos mis triunfos y mis éxitos,
todos mis fracasos y errores.
Puesto que todo lo mío me pertenece,
puedo llegar a conocerme íntimamente.
Al hacerlo, puedo llegar a quererme
y sentir amistad hacia todas mis partes.
Puedo hacer factible
que todo lo que me concierne funcione
para mis mejores intereses.
Sé que tengo aspectos que me desconciertan
y otros que desconozco.
Pero mientras yo me estime y me quiera,
puedo buscar con valor y optimismo soluciones para las incógnitas
e ir descubriéndome cada vez más.


Ene 20, 2015 | Psicología
El año nuevo, el nuevo curso… Son algunos de los momentos claves para plantearnos nuevas metas; apuntarse a un gimnasio, aprender un nuevo idioma, dejar de fumar… En un principio podemos tener buenas intenciones, comenzar muy motivados, pero puede que esas ganas iniciales vayan disminuyendo y acabemos desistiendo rápidamente, haciendo que todo quede en “agua de borrajas”. No basta únicamente con desear algo, también es importante nuestra actitud y el empeño que pongamos para alcanzarlo. Lee estos consejos para alcanzar nuestras metas.
Una de las primeras cuestiones sobre las que tenemos que reflexionar para no perder de vista nuestros objetivos consiste en preguntarnos qué es exactamente aquello que queremos lograr, definirlo de una forma concreta y específica, con el máximo nivel de detalle, y establecer un tiempo aproximado en el que vamos a llevarlo a cabo. En muchas ocasiones tendemos a definir nuestros propósitos de una forma vaga y ambigua, nos planteamos por ejemplo “hacer más ejercicio este año”; sin embargo, si hacemos una descripción en términos cuantificables, esto es, delimitar el número de días que vamos a ir al gimnasio o salir a correr, y además el tiempo que le vamos a dedicar diariamente, estableciendo incluso un intervalo horario para mayor exactitud, habremos dividido nuestros objetivos en otras más pequeños y asequibles.
Asimismo, es recomendable que nos marquemos metas alcanzables y realistas; ya sabemos que Roma no se conquistó en un día, por tanto, si hemos visualizado nuestro objetivo a largo plazo, parece adecuado establecer metas a medio y corto plazo para no rendirnos a las primeras de cambio.
Para que todo lo dicho anteriormente funcione, es importante además tener en cuenta algunos aspectos:
- Incorporar el objetivo dentro de las rutinas diarias (siempre que sea posible, los mismos días y la misma duración). De esta forma, lograremos consolidarlo como un hábito y será menos costoso ponerlo en marcha, acogiéndolo como una parte más de nuestra forma de vida.
- Flexibilidad y actitud abierta. Contar con la posibilidad de reformular las metas propuestas en un primer momento, adaptándonos a los cambios que puedan aparecer a lo largo del proceso encaminado a su consecución, teniendo en cuenta nuestras necesidades o posibles imprevistos que puedan surgir.
- Aprender a tolerar la frustración. No siempre los planes salen bien. Este punto está relacionado con lo que hemos referido anteriormente sobre marcarnos metas realistas y alcanzables, porque, de lo contrario, generaremos un sentimiento de fracaso si observamos que nuestras expectativas iniciales son demasiado elevadas y no se han cumplido.
- Valorar cada paso que demos, por insignificante que nos pueda parecer; cada pequeño avance nos va acercando poco a poco a la meta final y nos ayudará a convencernos de que el esfuerzo merece la pena.
Por último, hay tres palabras que resultan fundamentales para alcanzar nuestras metas: perseverancia, paciencia y constancia. Tengámoslas siempre muy presentes y permitamos que nos acompañen durante el camino hacia el logro de nuestros propósitos.


Dic 1, 2014 | Psicología
Estrés comercial o cómo sobrevivir a las compras navideñas
Nuestro anterior artículo compartimos varios consejos para no convertirse en una víctima de la Navidad y sufrir de estrés comercial. Así, reflexionábamos sobre la siguiente cuestión: ¿Es una obligación sentir felicidad en Navidad?
“Recordamos que lo más importante es que puede que hayas olvidado que tú eres quién manda sobre tus emociones. En este caso en tu felicidad, tú eliges cuándo sentir y cómo.”
(…)Debemos personalizar nuestro mundo: hacer que cada día sea distinto nos ayuda a no caer en una rutina desgastante.”
No podemos dudar que las Navidades suponen una adaptación o período “especial” que altera nuestro ritmo de vida (comidas, visitas, regalos,..). Estos cambios pueden ser positivos y a la vez negativos para nuestra vida. Por ello, la Navidad es uno de los acontecimientos más estresantes del año.
El presente artículo está orientando en la misma línea del artículo anterior, pero centrado es un aspecto más concreto que está inherentemente acompañado a estas fiestas…las compras navideñas. Debemos dejar a un lado la obligatoriedad y “el quedar bien” de las compras. Tenemos que vivir nuestra a propia vida y no la que nos han obligado a vivir.

Momento comprar los regalos o locura total
Con la llegada de la época navideña se acentúa el estrés, en particular el estrés comercial. Las compras en Navidad empiezan como algo normal y acaban en una auténtica obsesión.
La idea va mas allá de comprar un regalo a un ser querido…¡si solo fuera eso!. Estas compras suponen tiempo, dinero y esfuerzo. Según la persona puede llevarse felizmente bien, mientras para otros, puede ser una obligación insufrible. Si nos paramos a pensar en la rutina que supone tales “detalles navideños” no tendrían nada que envidiar a la organización de cualquier prueba o examen.
Tenemos que preocuparnos de varios frentes: deliberar qué regalo, para qué persona, dónde comprarlos o el gasto que implican. Así, muchas veces comparamos en varias tiendas, lugares y zonas comerciales, como si en vez de faltarnos el dinero nos sobrara todo tiempo del mundo.
El momento postentrega
Por otro lado, también existen los “pensamientos postentrega”: ¿habré acertado con los regalos? ¿Se me habrá pasado algún detalle por alto? ¿El regalo estará al nivel que la persona espera? ¿Me regalará algo similar o de mayor valor?
Las consecuencias de estos pensamientos van más allá de las puramente económicas, sino que nos encontramos con secuelas psicoemocionales. El resultado más habitual de estos pensamientos es la frustración. Que aparece sobre todo, cuando las compras no cubren las expectativas o por no poder regalar a familiares y amigos lo que desean.
Si a esta situación estresante se le une la actual situación económica, el descenso del poder adquisitivo y los cambios en el nivel de vida con respecto a años anteriores, esto puede tener como consecuencia también un desánimo desmesurado al no poder seguir el ritmo de consumo de la sociedad.
En este sentido en Navidad, el deseo de comprar se desencadena porque una parte de las fiestas está enfocada desde el punto de vista del consumo, lo que lleva a realizar compras innecesarias que de otra forma no se harían.
Os recomendamos seguir estas líneas que van más allá de unos elementales consejos. Es más, suponen un cambio de comportamientos habituales para sobrevivir a las compras de navidad o estrés comercial:
- La autoreflexión y controlar los impulsos el primer paso para encontrar salida a esta situación. Si no se remedia puede convertirse en una enfermedad patológica que ya afecta casi al 5% de la población. Esto consiste en que el individuo no puede evitar acercarse a un comercio para comprar. Es un impulso irrefrenable.
- Trabajar nuestra inteligencia emocional nos ayudará a obtener un mayor autocontrol. Si hay más autocontrol, habrá menos impulsividad.
- Aprender a gastar con sensatez. Además del control de los propios impulsos, hay otras medidas cuya puesta en práctica puede reducir el uso de la tarjeta y del estrés comercial.
- La elaboración de un presupuesto previo en el que limite el gasto. Se puede realizar sin poner en peligro la economía doméstica o distinguiendo entre compras justificadas o no.
- Hacer una lista con las cosas que quieres comprar y adelantarlas en la medida de lo posible para librarse de los agobios de última hora.
- Se recomienda evitar comprar en momentos de euforia o desánimo, ya que determinadas situaciones psicológicas favorecen la compra irracional.
- Conviene evitar las compras de última hora. Cuando los precios están más caros se hacen compras de forma rápida y descuidada.
- Recurrir al transporte público en lugar del vehículo privado, no siempre fácil de aparcar. Aprovechar las rebajas para comprar lo que no sea estrictamente necesario y saber con certeza qué es lo que queremos.
En el caso de que la práctica de estos consejos no ayude a reducir el estrés comercial que se genera en las personas durante la época navideña, se recomienda acudir a un profesional para lograr superar las situaciones estresantes ¡Felices compras!


Dic 1, 2014 | Psicología
La Navidad es una época de luces, adornos de color dorado, verde y rojo, caras de niños sonrientes por la calle, reuniones familiares, olor a
guisos navideños en la cocina, dulces que con su sabor nos conducen a este tiempo y mil cosas más que parece que se engloban bajo una frase
mágica: “felicidad obligada”.
¿Cómo una fecha tan esperada en la mayoría de los niños y niñas del mundo, se puede convertir en unos días evitados cuando se llega a adulto? ¿Por qué se produce este cambio tan drástico? Por supuesto, ponemos entre paréntesis a las personas que han perdido recientemente a seres queridos. Para ellos es indiferente el mes del año en el que se encuentren, el sabor amargo que deja el echar de menos a alguien no entiende de calendarios. Nos referimos al resto de la población que se siente identificada con el comentario que encabeza este artículo. Personas que sienten haber perdido la ilusión y que el mes de diciembre y parte de enero se convierte en un periodo de continuo estrés. Para ellas, va dirigido este artículo.
Ahora que ya estamos tú y yo, permíteme que te haga una pregunta. Tómate tu tiempo para pensarla y luego si quieres me la cuentas: ¿Es una obligación sentir felicidad en Navidad?
Si tu respuesta ha sido “sí”, seguramente te has convertido en una víctima de la Navidad o del movimiento social (quizás comercial) que la rodea. Pero lo más importante es que puede que hayas olvidado que tú eres quién manda sobre tus emociones y en este caso en tu felicidad, tú eliges cuándo sentir y cómo. Olvida el nombre de la mensualidad en la que te encuentras y comienza a ser quién quieres ser. Cambia el foco de atención, dirígelo hacia donde realmente te apetece y disfruta de estos días como te mereces. Lee estos estos consejos que te proponemos para ayudarte y hacerte todo algo menos complicado:
1. Personaliza tu mundo: Hacer que cada día sea distinto nos ayuda a no caer en una rutina desgastante. Por eso, la idea de darle un toque especial a tu hogar en estos días es nuestra primera propuesta. Pasa de puntillas por lo típico y ve hacia tus gustos. Puedes dar una pincelada peculiar a tu alrededor con elementos que van más allá de árboles decorados. Busca ideas, echa mano de tu imaginación o creatividad y empieza a construir tu propia realidad en la que te sientes cómodo y a gusto. Acuérdate, vas a hacerlo porque tú lo eliges no porque la sociedad lo impone.
2. Ilumina lo que quieres que luzca más: Tanto si tienes o no algunos días de vacaciones, aprovecha para salir de lo habitual y dedicarte a esos pequeños placeres que realmente te hacen feliz. Pasar tiempo con alguien especial o ir a ese lugar que te gusta tanto, pueden ser algunos ejemplos. Olvídate de las obligaciones por un momento y para el mundo en el instante en el que tu sonrisa aparezca. Recuerda, tú eres el que manda.
3. Cambia el ruido permanente por una melodía: la música es una de las mejores conductoras de las emociones, déjate llevar por ellas hacia la felicidad. Elige y reproduce tu canción favorita o hazte con una lista que evoque en ti emociones positivas. Ponla en cualquier momento, ponte cómodo, cierra los ojos y dedícate este momento de placer.
4. Aromatiza tu día a día: sigue haciendo tuyos estos días singulares eligiendo un olor. A partir de ahora, será la fragancia que te recuerde a estas fechas.
5. Relájate: Has cambiado tu alrededor, así que no te olvides de cambiar esas cosas de ti mismo que no te convienen. Elimina las tensiones que puedas tener y deja que la relajación se haga dueña de tu cuerpo y mente. Hacer una respiración consciente es un ejercicio que nos ayuda a eliminar el estrés. Imagina que tu abdomen es un globo, tienes que llenarlo de aire poco a poco inhalando y exhalando de una manera calmada. Estírate, visualiza un gato cuando se despereza e imítalo. Y por último, ayuda a tus hombros a suprimir esa presión que soportan. Levanta y bájalos varias veces, luego haz círculos hacia un sentido y luego el otro.
Lo más importante, haz de tu vida tu propia vida y… felices días.


Nov 1, 2014 | educación, Pedagogía, Psicología
¿Tu hijo impone su ley en casa? ¿Evitas decirle “no” para evitar una explosión de ira que se traduce en llantos y rabietas insoportables? En definitiva, ¿Alguna vez has pensado “no puedo más con mi hijo”? Puede que en ese caso estés sufriendo lo que se conoce como el Síndrome del Emperador, también llamado del niño tirano o del niño rey. Estas son las distintas denominaciones de un fenómeno cada vez más común en el que los niños acaban dominando a sus padres, e incluso, en los casos más extremos, maltratándoles.
¿CÓMO SON ESTOS NIÑOS?
En palabras de Javier Urra, doctor en psicología y primer Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, el perfil del niño tirano se inicia a corta edad. Un niño tirano no es solamente un caprichoso o se caracteriza por ser hiperactivo. No es solamente un oposicionista, es un niño que, desde muy corta edad, siente placer y disfruta retorciendo la muñeca de su padre o de su madre para conseguir lo que él se propone. Es un niño que se caracteriza por un principio fundamental filosófico, que es primero yo y luego yo. Piensa que todo el mundo gira a su alrededor, no muestra empatía y no le importa ponerse histérico o gritar en la puerta de un gran almacén para conseguir sus objetivos. Este es un proceso que se va degenerando poco a poco con muy mal pronóstico si no se actúa adecuadamente.
A continuación enumeramos algunas características específicas de estos niños:
- Baja tolerancia a la incomodidad, especialmente si es causada por la frustración, el desengaño, el aburrimiento o la negación de lo que han pedido; entonces, expresan esta incomodidad en forma de rabietas, ataques de ira, insultos y/o violencia.
- Sentido exagerado de lo que les corresponde, esperan que las personas que están a su alrededor les proporcionen todo lo que piden y de forma inmediata.
- Presentan escasos recursos para la solución de problemas o afrontar experiencias negativas.
- Se sienten el centro del mundo y exigen atención de todo su entorno.
- Justifican sus conductas mediante factores externos culpando a los demás de lo que hacen, por lo que esperan que sean otros quienes les solucionen sus problemas.
- Muestran una baja empatía y les cuesta sentir culpa, no pueden o no quieren ver la manera en que sus conductas afectan a los demás.
- Discuten las normas y/o los castigos con sus padres a quienes consideran injustos, malos, etc. Este comportamiento les compensa ya que ante el sentimiento de culpa inducido, los padres ceden y terminan saliéndose con la suya.
- Les cuesta adaptarse a las demandas de las situaciones extra familiares, especialmente en la escuela, porque no responden bien a las estructuras sociales establecidas ni a las figuras de autoridad.
- Se sienten tristes, enfadados y/o ansiosos, y suelen tener una autoestima baja.
POSIBLES CAUSAS DEL SÍNDROME DEL EMPERADOR
Los padres son los que deben ejercer su función. Así, padres demasiado protectores y permisivos con sus hijos que tienden a darles todos los caprichos porque creen que “así no sufren”, pueden estar propiciando un clima idóneo para un niño tirano.
Otro factor de riesgo importante dentro del entorno familiar es que exista una discrepancia educativa entre los progenitores. Aunque ello pudiera ocurrir, es fundamental que los padres intenten unificar sus criterios a la hora de educar a sus hijos manteniendo una actitud educativa firme que permita que no haya roturas en la imposición de normas.
Por otro lado, la estructura familiar ha cambiado mucho, con divorcios y nuevas parejas frecuentes, hijos únicos, y el hecho de que cada vez tenemos hijos a una edad más tardía o los adoptamos. En estos contextos es fácil que un niño se convierta en un bien preciado cuyos deseos siempre hay que satisfacer, que no puede sufrir ni conocer disciplina alguna.
Otro aspecto a tener en cuenta es que hoy en día los niños viven en una sociedad consumista, individualista y donde prima el éxito fácil y rápido por encima de todo. Además, puede existir una predisposición genética de carácter que explicaría por qué dentro de una misma familia, y en las mismas condiciones, sólo se ve afectado un hijo.
SEÑALES DE ALERTA
Resulta complicado trazar la línea que separa un comportamiento normal del problemático o patológico y más cuando se trata de nuestros hijos a los que queremos por encima de todo. En algunos casos existe una tendencia a exculpar siempre a los hijos restándole importancia cuando aparecen conductas inapropiadas con un simple “son cosas de niños”. Esta actitud no ayuda a los niños y los padres deben estar atentos a pequeños que imponen de manera sistemática su voluntad o tienen rabietas en lugares públicos delante de toda la familia. Así mismo nos debemos fijar en el niño que siempre se sale con la suya, puesto que, muchas veces hacen girar a la familia siempre entorno a él. Debemos pensar que si se les deja hacer siempre lo que quieren acabaremos en las redes del chantaje emocional.
Es posible que al leer esto alguien piense que casi todos los niños pequeños tienen muchas rabietas. Y es cierto; todos tienen rabietas, pero hay que intentar que no se salgan con la suya. A partir del primer año de edad, en general, hay que marcar límites claros de forma que el menor sepa hasta dónde puede llegar.
ALGUNOS CONSEJOS PARA FRENAR AL NIÑO TIRANO
• Como ya hemos indicado anteriormente, es fundamental que ambos progenitores estén de acuerdo en cómo quieren educar a sus hijos, en cuál va a ser su modelo educativo y actuar ante los menores sin fisuras, porque si las hay, el niño se aprovechará enseguida de ellas.
• Los padres deben ser capaces de admitir que su hijo es un tirano y no buscarle atenuantes. Si no se reconoce que existe un problema será imposible llegar a una solución.
• El día a día del niño debe estar pautado. La rutina es también un aspecto clave en el crecimiento de los pequeños. Se deben establecer horas fijas para comer, para acostarse, para hacer los deberes, etc. También es adecuado establecer una serie de obligaciones en casa acordes a la edad del niño (hacer la cama, poner y quitar la mesa, etc.) de las que no se puede escabullir, así como normas claras sobre su tiempo de ocio.
• Nada de amenazas. Las amenazas transmiten inseguridad al niño y sólo logran aumentar su tendencia a la negación especialmente si nunca llegan a cumplirse.
• No se trata de prohibirlo todo después de haberle dejado hacerlo todo. Una vez dicho una cosa, no hay que retractarse, así que más vale pensar con calma antes de hablar y actuar.
• No hay que ponerse a la altura del niño: si grita, patalea y monta una escena, hay que respirar y contenerse. Nada de chillidos o tortazos, los padres son los adultos y los que deben mantener el control de la situación. Es mejor esperar a que se calme sin hacerle el más mínimo caso haciéndole ver que mientras siga comportándose así no conseguirá nada.
• No sirve de nada argumentar sin fin, el niño tirano no está acostumbrado a las palabras. En vez de discutir, simplemente se le recuerdan las normas que hemos fijado y su deber de respetarlas.
• Tampoco sirve pedirle que se ponga en tu lugar, precisamente un rasgo típico es una baja empatía.
• Los milagros no existen, educar es una carrera de fondo. Puede que no se aprecien resultados inmediatos, pero, según va creciendo, el niño logrará interiorizar nuestras enseñanzas.
Es importante decir que si los padres han llegado al punto límite con sus hijos tiranos, puede que no baste con seguir algunos de estos consejos, sino que deben pedir ayuda externa. Es mejor no llegar hasta ese punto límite por lo que estar atentos a esas posibles señales de alarma es fundamental para atajar el problema antes de que se llegue a una situación insostenible.


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