¡No quiero tener un nuevo hermanito!

¡No quiero tener un nuevo hermanito!

¡No quiero tener un nuevo hermanito!

En el momento que otro bebé aparece, la vida de los más pequeños de la casa sufre un cambio drástico. La atención de sus padres se divide, los mimos se reducen y hasta puede que tenga que compartir sus propios juguetes. Todo ello con un claro culpable: el nuevo hermanito.

¡Oh no, no digas eso! Este niño necesita un cariño especial, Merche. No olvides que
hasta hace un año era el rey de la casa. Es el príncipe destronado, ¿oyes? Ayer todo
para él; hoy nada. Es muy duro, mujer.

El príncipe destronado, Miguel Delibes, 1974

Desde el nacimiento relacionarse significa compartir, coincidir en el espacio físico y coexistir en la esfera de los intereses y las emociones. Desde que nacemos nos relacionamos con nuestros padres, familia y las personas más cercanas a nuestro contexto inmediato. El desarrollo de todo ser humano se realiza bajo la protección paternal, éstos son los encargados de proporcionar el terreno más apropiado para que éste aprenda, ejercite y desarrolle su área social en distintos contextos sociales cada vez más amplios y complejos (familia, colegio, juegos, fiestas de cumpleaños, etc…). Cada uno de ellos tienen características singulares, que hacen que el niño actúe de distinta forma dependiendo de si está con sus padres, con sus hermanos o con sus compañeros de clase.

La familia es el entorno donde además de sentimientos positivos como protección, cui
dado o preocupación también florecen la rivalidad, la envidia y los celos.
Cuando se dan éstos últimos entre los hermanos empiezan las peleas por tener el trozo más grande de tarta, un sitio concreto en el sofá para ver la televisión, tener juguetes… es decir, una lucha continua por ganar el espacio físico o emocional. De algo nos suena todo esto, ¿verdad? Si no somos padres, seguro que algún recuerdo de nuestra infancia se corresponde con esto. No solo con hermanos, también con primos, vecinos o amigos. Cualquier persona que interrumpiese en nuestra rutina familiar.

En su vida, el niño se enfrenta a muchas situaciones estresantes que suponen alteraciones en el ambiente y requieren un periodo de adaptación como: primer día en la guardería/cole, traslado de domicilio o de cole, fallecimiento de un familiar, ausencias prolongadas de los padres, ingreso en el hospital y el nacimiento de un hermano. La llegada de un nuevo hermano es un acontecimiento de bastante estrés para el niño, puesto que todo su esquema familiar, se descompone y se vuelve a componer de una manera distinta. Seguramente los padres no se dan cuenta porque ellos lo viven con ilusión pero, el hermano mayor lo vive con ansiedad, desánimo e incluso sensación de abandono. Los celos son la respuesta normal a la nueva llegada de un hermanito o en su lado opuesto, empieza siéndolo hasta que deja de ser un comportamiento evolutivo para ser patológico. Visto desde la perspectiva de un niño, los celos son el resultado de sentir que le desplazan o que pierde un poder de la noche a la mañana y con un claro “culpable”. Es lo que se conoce como el “síndrome del destronamiento”. Si nos metemos en sus cabecitas seguro que podemos escuchar cosas del tipo: “hasta hoy, yo era el rey de esta casa. Todas las atenciones me las llevaba yo, todos los juguetes eran míos y cada mimo de mis padres eran para mí”. Como cualquier persona que pierde poder, el niño intenta recuperarlo pero con los medio con los que puede contar un niño de su edad.

Es decir, llamando la atención con los recursos que tiene a su alcance: llanto exagerado, conductas regresivas, agresión, introversión…

Pero, ¿hay algo de positivo en todo esto? Quizás para los primeros momentos del hermano mayor esta sea una posibilidad casi inexistente pero, tal y como nos indica el autor Perinat, “a ser hermano se aprende y este aprendizaje es una pieza básica de la socialización (Perinat, 1988)”. La relación fraterna es una contribución directa al desarrollo emocional, cognitivo y social del niño (Boer, Westenberg, McHale, Updegraff y Stocker, 1997). El hermano mayor es el primer contacto con iguales que tiene el niño pequeño; es lo más próximo y parecido a sí mismo que tiene desde su nacimiento hasta que accede a la escuela infantil. A su vez, el hermano mayor tiene todo un campo para experimentar, aprender y consolidar relaciones con otros que implican desde conductas de cooperación hasta de rivalidad. La relación entre hermanos es compleja, diversa, rica en matices y a veces contradictoria. En definitiva, se puede decir que tener un hermano significa tener un compañero de juego, un modelo de imitación, una fuente de conflicto, un vinculo afectivo y un compañero de múltiples experiencias significativas (Arranz y Olabarrieta, 1998).

¿Cómo identificar si un niño muestra respuestas celotípicas? Aquí enumeramos las conductas más características:

  • Llanto y rabietas: es la forma más típica de presionar a los padres y llamar su atención para obtener su deseo. Es una de las estrategias más eficaces con las que cuenta el niño.
  • Retraimiento: introversión, reducción de la autoestima, juegos solitarios y evita salir de casa tanto como hacía antes.
  • Búsqueda de atención: interrupciones, se muestra alborotado o incordia cuando se está atendiendo al menor. Pueden ser de mayor intensidad en cuanto que los padres no le dan la atención que el niño necesita.
  • Alteración en el ritmo del sueño y alimentación: pesadillas e inapetencia son dos síntomas claros del estado depresivo en el que se sumerge el niño. Insomnio, terrores nocturnos.
  • Desobediencia: tiene la doble finalidad de fastidiar a los padres y obtener su atención aunque sea a través de la reprimenda y el grito. El niño encuentra gratificante la atención que recibe su desobediencia y la utiliza en su beneficio.
  • Conductas de fastidio hacia el hermano: paso previo a las conductas agresivas. Comportamientos menos llamativos que las agresiones físicas violentas, pero se producen con mayor constancia.
  • Agresividad: siempre con la finalidad de llamar la atención de los padres.
  • Conductas de evolutivamente inapropiadas: enuresis o habla infantil, conductas ya superadas por el niño. Suponen las más llamativas son volver a utilizar el chupete, deseo de dormir en la cuna, solicitar a la madre que le dé de comer, que le coja en brazos o mostrar mayor apego. Son un proceso de imitación al menor, porque interpreta erróneamente que así logrará la tención y el cariño de la madre.
  • Obediencia y colaboración: el niño cree que comportándose como sus padres esperan de él, obtendrá toda la atención que busca. Pero existe la probabilidad de que esta conducta sea saludable y es significativa de una clara madurez e independencia con la que el niño vive la presencia del hermano.

Ahora que podemos identificar cuando nuestro hijo está celoso, nos queda el último paso: saber cómo actuar. Es importante empezar a “preparar el terreno con tiempo”. Es decir, durante el embarazo ir introduciendo poco a poco el cambio. Hablar del nuevo miembro de la familia que está en la barriga de mamá y dejar que lo sienta. En el caso que se necesite cambiar cosas como la habitación, es aconsejable que se haga con prontitud.

De esta manera, el hermano mayor no asocia la nueva ubicación con el nacimiento del bebé. Por otra parte, cuando el niño vea su hermano por primera vez, es aconsejable que el recién nacido no esté en brazos de la madre. Evitar este “shock visual” al menos en el primer contacto con la nueva realidad.

Y por último, a partir de este momento es más importante la calidad que la cantidad de tiempo que se pasa con el hijo mayor. Hay que buscar momentos en los que no haya interrupciones para que la relación sea productiva. Ambos padres deben involucrarse. Tienen que enseñarles a convivir, compartir, esperar su turno. Pueden utilizar juegos que supongan interacción en el sentido de cooperación, respeto y tolerancia. Aunque es difícil, hay que hacer caso omiso de los comportamientos inadecuados provocados por los celos. Los padres han de saber que cuando el niño advierta de su indiferencia, incrementará la intensidad y frecuencia de sus quejas. Es el momento de ser paciente y esperar que poco a poco vaya cediendo en su actitud.

En Ampsico te proponemos una idea para ayudarte si estás en esta situación. Facilita a tu hijo la tarea de entender que la familia crece, pero con materiales adecuados a su edad. Crea junto al resto de la familia (mamá, papá y si hubiera más hermanos) un árbol genealógico donde aparezca el hueco para el nuevo miembro. Lo ideal sería acompañarlo con fotos de cada persona y el nombre. Dejar al niño que sea él quien diseñe, coloree y decore la obra. Luego, colocar en un lugar de la casa donde se pueda ver a diario y hablar de ella en varias ocasiones. Por ejemplo, que el autor del árbol se lo muestre a las visitas que vengan a la casa y lo presente hablando de todos los miembros. Sin darse cuenta, comienza a construir su nueva realidad.

Con un tratamiento adecuado de la situación por parte de los padres y de las personas del entorno más cercano, se logrará que el niño aprenda a tolerar, compartir y participar tanto con su hermano como con sus iguales. Es una gran oportunidad para que el niño comience su aprendizaje social, los celos son la primera prueba a la que se someten para aprender a relacionarse. Por eso, los celos se consideran un aspecto del proceso de socialización, al igual que se aprende a ser amigo o hijo, a ser hermano se aprende día a día. Y como en todo aprendizaje de un niño, se hace imprescindible la actuación adecuada de los padres y entorno más cercano.

Ortigosa Quiles, J.M. (2007). El niño Celoso. Ojos solares, tratamiento. Editorial Pirámides.

Tierno, B & Giménez Montserrat (2004). Cómo entender y ayudar a tus hijos. La educación y la enseñanza primaria de 6 a 8 años. ¡Juega conmigo! Aguilar, Santillana Familia. Madrid.

Julia Romero Bernal, psicóloga en Ampsico

 

 

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