¿Los fármacos psiquiátricos …equivalen a salud?

¿Los fármacos psiquiátricos …equivalen a salud?

“Cuando me siento con ansiedad, me tomo un ansiolítico”,

me decía un paciente en la consulta. Le pregunté por si le habían prescrito eso así, y me indicó que su médico de cabecera le había indicado que se tomara tres al día, y alguno más en caso de necesitarlo.

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Me pregunté entonces si son necesarios tantos ansiolíticos para reducir la ansiedad o si es algo que está tan instaurado en la sociedad que no se ve del todo mal. Indagando un poco, descubrimos que los fármacos psiquiátricos están recetados de manera masiva en España. España figura en el segundo lugar en el consumo de tranquilizantes (según las estadísticas de la OCDE, fuente: Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad). Y eso parece cuanto menos inquietante.

Quién más y quién menos ha padecido una situación estresante en algún momento de su vida, y ¿quién no ha estado triste en alguna situación? ¿Eso significa que tendría de tomarme un ansiolítico cuando me sienta con ansiedad que no se controlar, o bien que me tendría que tomar un antidepresivo cuando me siento triste?

Como sabemos, el sentirnos con sensación de estrés en alguna situación no es del todo malo ya que eso hace que nuestro organismo se active para enfrentarse a la situación. Si de algún modo entendemos que la situación estresante nos va a superar, entonces aparece la ansiedad. Si esta ansiedad se dilatara en el tiempo podríamos pasar a una situación de indefensión que propiciaría una sensación de tristeza para enfrentarnos a lo que nos viene. Esto significaría que nos encontraríamos dentro del diagnóstico de “depresión mayor” y por ello nos podrían recetar algún fármaco psiquiátrico que pudiera reducir éste estado.

En nuestra sociedad estamos acostumbrados a que para enfrentarnos a algo que no manejamos, podamos pedir ayuda a quien podría dárnosla. Cuando nos sentimos mal ante alguna situación, solemos tomarnos un ansiolítico para reducir ese malestar, pero ¿dónde está nuestra capacidad de decisión? ¿Se queda solamente en decidir ir al médico para que nos recete algo? O podríamos hacer algo más…
Cuando tenemos una torcedura o un esguince en un tobillo solemos tener ayuda de un bastón o una muleta. Cuando tenemos miedo a algo, solemos evitar la situación o pedir ayuda de alguien para enfrentarnos a ello. Cuando nos sentimos tristes, tenemos a un familiar que nos ayuda y nos apoya para hacer las cosas del día a día. Por un lado cuando necesitamos ayuda la podemos encontrar y nuestros seres queridos nos ayudarán en la medida de lo posible, pero por otro lado, de una forma muy sutil pero no por ello menos importante, nos dice… “Te ayudo porque tú sólo no puedes…”.
Cuando nos sentimos tristes o con ansiedad por alguna situación, solemos pedir ayuda a quien tenemos cerca para que nos sea más llevadera la situación. Si vemos que aun así no podemos solucionar la situación o las sensaciones que tenemos, vamos al médico que nos indique que es lo que nos pasa. En ese caso, antes de llegar a la consulta hemos sido capaces de decidir que con las herramientas y los apoyos que tenemos no somos capaces de rebajar la sensación. Es cuando el médico nos indica lo que nos pasa, y nos receta un fármaco para reducir las sensaciones.

Según indica el catedrático emérito de la Universi
dad de Duke, en una entrevista al periódico El País: “Los seres humanos somos criaturas muy resilientes. Hemos sobrevivido millones de años gracias a la capacidad para afrontar la adversidad y sobreponernos a ella. Ahora mismo, en Irak o en Siria, la vida puede ser un infierno. Y sin embargo, la gente lucha por sobrevivir. Si vivimos inmersos en una cultura que echa mano de las pastillas ante cualquier problema, se reducirá nuestra capacidad de afrontar el estrés y también la seguridad en nosotros mismos. Si este comportamiento se generaliza, la sociedad entera se debilitará frente a la adversidad. Además, cuando tratamos un proceso banal como si fuera una enfermedad, disminuimos la dignidad de quienes verdaderamente la sufren.”

¿Está entonces justificado el aumento significativo del consumo de fármacos en nuestra sociedad? Los fármacos antidepresivos y ansiolíticos son eficaces y seguros en casos como la “depresión mayor” y en los trastornos mentales crónicos. En diferentes estudios se demuestra que no tienen el mismo efecto para los estados de ánimo depresivos a consecuencia de situaciones cotidianas. No estarían indicados para afrontar una pérdida de un ser querido, para afrontar una situación de estrés laboral o para levantar el ánimo tras una ruptura sentimental, que es para lo que muchas veces se recetan.

Mientras nos excedemos en la prescripción de fármacos para los procesos psicológicos que no son patológicos, por nuestra experiencia, observamos que hay otros muchos enfermos con verdaderas enfermedades mentales que ni siquiera están tratados. En definitiva, mientras algunos sufren por estar demasiado medicados, otros por estarlo poco.

 

 

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La invención del Trastorno por Déficit de Atención

La invención del Trastorno por Déficit de Atención

El trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) esTDAH 1 (2) uno de los trastornos infantiles más diagnosticados en la actualidad, así como también uno de los diagnósticos clínicos en los que más se ha incrementado su prevalencia (número de casos totales en la población) durante los últimos años. Seguramente todos conocemos a un niño o a un adolescente, familiar directo o hijo de alguna persona cercana, que ha sido diagnosticado recientemente y recibe medicación por ser hiperactivo. Multitud de publicaciones exploran esta “supuesta” enfermedad y la cobertura mediática sobre ella es abundante y profusa. Multitud de famosos (en su mayor parte americanos) están saliendo a la palestra reconociendo que ellos mismos han padecido este trastorno, desde Justin Timberlake, pasando por Bill Gates hasta Will Smith. Por citar solo unos nombres representativos. Hasta algún avezado ha llegado a afirmar que Bart Simpson, el dibujo animado, sin lugar a dudas cumple los criterios diagnósticos que estipula el DSM-IV (“la biblia” americana que rige y clasifica los diversos trastornos mentales) para el TDAH.
Pero tras esta desbordante y apabullante reunión de datos y hechos, cabe preguntarse de forma más sosegada y sistemática, qué se esconde tras el TDAH y hasta qué punto son verdades todo aquello que lo rodea.
Lo primero que debe ser dicho es que el TDAH no es una enfermedad. No es equiparable a una apendicitis, a unas paperas o a un glaucoma. Y esto es así porque no existe ningún marcador físico o químico certero que nos indique su presencia. Por muchos estudios que se hayan realizado en pos de encontrar un dato objetivo fidedigno no se puede aseverar que un niño con TDAH tenga tal parte del cerebro mal desarrollada o que el funcionamiento de tales circuitos nerviosos esté alterado.
Centrémonos ahora en los susodichos criterios diagnósticos del DSM-IV:
A-1) Presenta seis o más de los siguientes síntomas de falta de atención durante al menos 6 meses con una intensidad superior a la que normalmente manifiestan las personas de su misma edad:
Desatención
– No suele prestar atención a los detalles. Comete errores frecuentemente en el colegio, el trabajo u otras actividades.
– Le cuesta mantener la atención en tareas o actividades de tipo lúdico.
– Parece que no escucha cuando se le habla.
– No suele finalizar las tareas o encargos que empieza y no suele seguir las instrucciones que se le mandan, sin ser por un comportamiento negativista o por una incapacidad para comprender las instrucciones.
– Le resulta complicado organizar tareas y actividades.
– Intenta evitar realizar tareas que le suponen un esfuerzo mental sostenido (actividades escolares o tareas domésticas).
– Pierde objetos frecuentemente (ejercicios, lápices, libros, juguetes…)
– Se distrae con cualquier estímulo irrelevante.
– Es descuidado en las actividades de la vida diaria.
A-2) Presenta seis o más de los siguientes síntomas de hiperactividad-impulsividad durante un período mínimo de 6 meses con una intensidad superior a la que normalmente manifiestan las personas de esa edad:
Hiperactividad
– Suele mover en exceso las manos y los pies o no se está quieto en el asiento.
– No suele permanecer sentado en las situaciones en las que se espera que lo esté.
– Suele correr o saltar en exceso en situaciones en las que no es apropiado hacerlo.
– Tiene dificultades para realizar actividades o juegos tranquilos.
– Suele estar en movimiento y actuar como si tuviese un motor en marcha continuamente.
– Suele hablar en exceso.
Impulsividad
– Suele dar respuestas precipitadas antes de que se hayan terminado de formular las preguntas.
– Le cuesta esperar su turno y respetar las colas.
– Suele correr o saltar en exceso en situaciones en las que no es apropiado hacerlo.
– Suele interrumpir a los demás y entrometerse en las actividades de otros.
Cualquier padre que haya criado o este criando a un hijo seguramente vea reflejadas muchas de estas características en su propio vástago. Y es llamativo resaltar el criterio general de que la intensidad de estos síntomas debe ser “superior” a la normal en el resto de niños; ahora bien, ¿quién o qué indica donde se encuentra esa normalidad y donde está la línea que llegado un momento se rebasa? Sin lugar a dudas esa vara de medir se encuentra sólo en los adultos, en los progenitores, que al sentirse desbordados por su hijo recurren a llevarlo a un médico especialista para que trate de encauzarlo por el buen camino. Jamás un niño va a dar la voz de alarma o se va a quejar por el sufrimiento que le causa el “ser así”. Es el padre desesperado el que cogido de la mano lo va a llevar hasta la consulta médica para que, por favor, traten de “curarlo”. Nunca nadie dijo que educar fuera tarea sencilla ni tampoco que los niños vinieran con un manual de instrucciones bajo el brazo. El hecho de que en la sociedad actual los padres apenas puedan pasar con sus propio hijo entre semana más que un breve tiempo a la hora de la cena no ayuda ni mucho menos a desarrollar una educación bien cimentada.

Otro punto a señalar es que en la mayoría de estudios sobre el TDAH se hace referencia a que la alteración atencional del niño no ocurre en todos los ambientes, ya que es capaz de dirigirla cuando el estímulo le interesa. Entonces si es capaz de focalizar su atención durante largos periodos de tiempo. ¿Qué alteración emocional de base es aquella que se manifiesta ahora sí, ahora no? ¿No debería una alteración atencional de origen cerebral afectar a todo estímulo sin importar su relevancia para el niño? Cuando es el propio niño el que es capaz de movilizar su atención dependiendo del foco, lo que existe entonces no es un deterioro atencional (ya que el niño demuestra que sí es capaz de usar su atención adecuadamente en ciertas circunstancias) sino un problema motivacional.

Al señalar a nuestro hijo, al colgarle a él el sambenito de su discapacidad, de su mal desempeño, nos estamos eximiendo de nuestra responsabilidad, que es grande y mucha, en la creación y desarrollo de la problemática. Me afirmo: “no soy yo como padre, no es el contexto social, no son las condiciones de vida, no es la normalidad evolutiva la culpable; es el cerebro del niño, sus genes alterados, es un mal interno que se manifiesta y de alguna manera ha de ser erradicado”. Y desde el planteamiento médico-psiquiátrico esta erradicación debe hacerse (¿cómo sino?) por medio de los psicofármacos. Y en este caso el fármaco estrella utilizado es el metilfenitado, en alguna de sus múltiples variantes: Concerta, Rubifen, Ritalin, etc. Estas sustancias son derivados anfetamínicos que se usan con la finalidad de corregir un “supuesto” retraso madurativo de la zona prefrontal del cerebro del niño (una zona del cerebro que se encarga de funciones como la atención, la inhibición de conductas o la planificación de acciones.) Las anfetaminas son famosas, entre otros motivos, porque se usaron ampliamente hace ya más de 3 décadas para potenciar las capacidades de estudio de los alumnos, que las tomaban para ser capaces de estudiar noches enteras sin necesidad de dormir. Sus efectos secundarios como sustancias anoréxicos, excitantes motores y ansiógenas en general son también vastamente conocidas. Por no hablar de mayores efectos perniciosos como la psicosis anfetamínica. Estas pastillas no son, por tanto, inocuas, no son, digamos, pastillas para la alergia o para la tos; son sustancias médicas que actualmente se recetan a la ligera y en cantidades ingentes sin que exista un temor ni una protesta social mínima.
Pero no se queda aquí el alcance de este trastorno. En los últimos tiempos, y visto el jugoso impacto comercial de la creación del TDAH para la población infanto-juvenil, se está creando una nueva ola en torno al TDAH en población adulta. Adecuando pormenorizadamente los síntomas se están empezando a diagnosticar multitud de casos en personas de mediana edad con este trastorno.
TDAH 1 (1)Resumiendo, con este artículo no se quiere defender el hecho de que esta problemática no exista, que no esté presente en la relación del niño con el ambiente que le rodea (es importante de nuevo remarcar que el problema se encuentra en esta interacción, nunca en el niño como ente aislado). Se defiende que su modo de entenderla, etiquetarla y finalmente tratarla no es la correcta ni la adecuada. Que agrupar ciertas características bajo un baile de siglas no va a lograr avanzar en la búsqueda de la solución ideal. Cada niño debe ser evaluado y tratado individualmente, ya que su vida, su desarrollo evolutivo, sus fracasos y sus logros no son los mismos que los de otro niño. Una pastilla “milagrosa” dada a todos por igual no va a variar ese hecho. Lo correcto sería mejorar su educación, inculcar unas adecuadas normas de conducta, ajustar los refuerzos y castigos con los que tratamos a nuestros hijos. Y conocer la motivación que nuestro hijo presenta en orden de mejorarla dado el caso. Es algo que lleva implícito muchas horas diarias de trabajo, paciencia y persistencia. No es la vía más fácil ni inmediata, pero si la más correcta, duradera y enriquecedora, tanto para ellos como para nosotros mismos.

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