Secuestros de niños, cómo protegerlos

Secuestros de niños, cómo protegerlos

Pautas para proteger a nuestros niños de un secuestro.

Desde hace unos meses, y tras los sucesos ocurridos en algunos distritos de Madrid, donde han tenido lugar el secuestro o intento de secuestro de varios menores.

El miedo, la preocupación y la indignación aumentan entre las familias.

Todos tenemos en nuestro entorno niños pequeños, ya sean nuestros hijos, nietos, sobrinos, vecinos o simplemente conocidos. No podemos evitar que el miedo se apodere de nosotros pensando en la remota posibilidad de que alguno de nuestros pequeños sea la siguiente víctima de los secuestros de niños tan sonados últimamente.

Ante estas circunstancias, ¿hay algo que podamos hacer para evitar situaciones así? Por supuesto que sí. No podemos actuar como un superhéroe y atrapar a los “malos” de forma tan sencilla como en las películas. Sin embargo nuestro papel, aunque menos activo, es igual de importante.

Madre e hija enriquecimiento personal

Una de nuestras tareas como adulto consiste en informar a los más pequeños sobre los peligros que existen (incluidos los secuestros de niños). Así, evitamos llenarles de miedo y ansiedad. Es importante que los niños continúen con su día a día, sin que informaciones de este tipo rompan con su rutina habitual. Pero debemos darles, al mismo tiempo, la seguridad necesaria para saber qué hacer en esos casos.

Actuaciones de prevención del secuestro de niños:

  1.  Cuando los niños se encuentren en el parque o en cualquier otro lugar de ocio, es importante delimitar una zona de juego de la que no deben salir sin haber avisado antes. Además, es bueno descartar que vayan a comprar chucherías o a hacer algún recado sin la supervisión de un adulto.
  2.  Es importante que los niños sepan no solo su nombre completo sino también el de sus padres También la dirección de casa, el nombre del colegio y un número de teléfono.
  3. Es conveniente que no lleven a la vista su nombre en la ropa o en algún complemento. Pues esto facilitaría al secuestrador ganarse la confianza del menor al llamarle por su nombre. Puede incluso decir que algún familiar le ha pedido que venga a buscarle. Por ello, es imprescindible avisar a los niños de que no deben fiarse de nadie que no conozcan anteriormente.
  4. Siempre que sea posible, trata de evitar que los niños vayan solos al colegio. Es muy posible que algunos de sus compañeros vivan por la zona, por lo que sería una buena idea que pudieran ir juntos. Ellos estarían más seguros y el camino al colegio sería más divertido.
  5.  Enseña a los niños a no esconderse nunca si alguien les está siguiendo. Explícales que deben buscar ayuda de inmediato en alguna tienda o casa cercana.
  6.  En el caso de encontrarse en una situación de peligro, hay que infórmales sobre cómo deben actuar. Por ejemplo, que grite o corra. Cualquier cosa es buena para llamar la atención de alguien que pase por esa zona. En el caso de que un desconocido se dirija a ellos, que acuda rápidamente junto al adulto que esté con él en ese momento.
  7. Si los niños son lo suficientemente mayores para quedarse solos en casa, tenemos que asegurarnos de que la puerta esté cerrada con llave.Además,  nunca deben decir a nadie que llame por teléfono o toque el timbre que se encuentran solos.

 

Seguir estas pautas, entre otras, puede marcar la diferencia y garantizar la seguridad de los más pequeños. Si en algún momento detectas algo que te parece sospechoso, no dudes en ponerlo en conocimiento de la policía. Ellos sabrán cómo actuar en cada caso.

 

 

 

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¿Los fármacos psiquiátricos …equivalen a salud?

¿Los fármacos psiquiátricos …equivalen a salud?

“Cuando me siento con ansiedad, me tomo un ansiolítico”,

me decía un paciente en la consulta. Le pregunté por si le habían prescrito eso así, y me indicó que su médico de cabecera le había indicado que se tomara tres al día, y alguno más en caso de necesitarlo.

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Me pregunté entonces si son necesarios tantos ansiolíticos para reducir la ansiedad o si es algo que está tan instaurado en la sociedad que no se ve del todo mal. Indagando un poco, descubrimos que los fármacos psiquiátricos están recetados de manera masiva en España. España figura en el segundo lugar en el consumo de tranquilizantes (según las estadísticas de la OCDE, fuente: Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad). Y eso parece cuanto menos inquietante.

Quién más y quién menos ha padecido una situación estresante en algún momento de su vida, y ¿quién no ha estado triste en alguna situación? ¿Eso significa que tendría de tomarme un ansiolítico cuando me sienta con ansiedad que no se controlar, o bien que me tendría que tomar un antidepresivo cuando me siento triste?

Como sabemos, el sentirnos con sensación de estrés en alguna situación no es del todo malo ya que eso hace que nuestro organismo se active para enfrentarse a la situación. Si de algún modo entendemos que la situación estresante nos va a superar, entonces aparece la ansiedad. Si esta ansiedad se dilatara en el tiempo podríamos pasar a una situación de indefensión que propiciaría una sensación de tristeza para enfrentarnos a lo que nos viene. Esto significaría que nos encontraríamos dentro del diagnóstico de “depresión mayor” y por ello nos podrían recetar algún fármaco psiquiátrico que pudiera reducir éste estado.

En nuestra sociedad estamos acostumbrados a que para enfrentarnos a algo que no manejamos, podamos pedir ayuda a quien podría dárnosla. Cuando nos sentimos mal ante alguna situación, solemos tomarnos un ansiolítico para reducir ese malestar, pero ¿dónde está nuestra capacidad de decisión? ¿Se queda solamente en decidir ir al médico para que nos recete algo? O podríamos hacer algo más…
Cuando tenemos una torcedura o un esguince en un tobillo solemos tener ayuda de un bastón o una muleta. Cuando tenemos miedo a algo, solemos evitar la situación o pedir ayuda de alguien para enfrentarnos a ello. Cuando nos sentimos tristes, tenemos a un familiar que nos ayuda y nos apoya para hacer las cosas del día a día. Por un lado cuando necesitamos ayuda la podemos encontrar y nuestros seres queridos nos ayudarán en la medida de lo posible, pero por otro lado, de una forma muy sutil pero no por ello menos importante, nos dice… “Te ayudo porque tú sólo no puedes…”.
Cuando nos sentimos tristes o con ansiedad por alguna situación, solemos pedir ayuda a quien tenemos cerca para que nos sea más llevadera la situación. Si vemos que aun así no podemos solucionar la situación o las sensaciones que tenemos, vamos al médico que nos indique que es lo que nos pasa. En ese caso, antes de llegar a la consulta hemos sido capaces de decidir que con las herramientas y los apoyos que tenemos no somos capaces de rebajar la sensación. Es cuando el médico nos indica lo que nos pasa, y nos receta un fármaco para reducir las sensaciones.

Según indica el catedrático emérito de la Universi
dad de Duke, en una entrevista al periódico El País: “Los seres humanos somos criaturas muy resilientes. Hemos sobrevivido millones de años gracias a la capacidad para afrontar la adversidad y sobreponernos a ella. Ahora mismo, en Irak o en Siria, la vida puede ser un infierno. Y sin embargo, la gente lucha por sobrevivir. Si vivimos inmersos en una cultura que echa mano de las pastillas ante cualquier problema, se reducirá nuestra capacidad de afrontar el estrés y también la seguridad en nosotros mismos. Si este comportamiento se generaliza, la sociedad entera se debilitará frente a la adversidad. Además, cuando tratamos un proceso banal como si fuera una enfermedad, disminuimos la dignidad de quienes verdaderamente la sufren.”

¿Está entonces justificado el aumento significativo del consumo de fármacos en nuestra sociedad? Los fármacos antidepresivos y ansiolíticos son eficaces y seguros en casos como la “depresión mayor” y en los trastornos mentales crónicos. En diferentes estudios se demuestra que no tienen el mismo efecto para los estados de ánimo depresivos a consecuencia de situaciones cotidianas. No estarían indicados para afrontar una pérdida de un ser querido, para afrontar una situación de estrés laboral o para levantar el ánimo tras una ruptura sentimental, que es para lo que muchas veces se recetan.

Mientras nos excedemos en la prescripción de fármacos para los procesos psicológicos que no son patológicos, por nuestra experiencia, observamos que hay otros muchos enfermos con verdaderas enfermedades mentales que ni siquiera están tratados. En definitiva, mientras algunos sufren por estar demasiado medicados, otros por estarlo poco.

 

 

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La Adicción a sustancias

La Adicción a sustancias

La Influencia Psicosocial en la Adicción a Sustancias

El ya pasado siglo XX fue cuna de innumerables experimentos psicológicos que en gran medida ayudaron a conformar la manera en la que hoy entendemos aspectos tan importantes de este área de conocimiento como son las emociones, las actitudes o la conducta.

Adicción a sustancias

Si tenemos que citar algunos de estos experimentos acerca de la adicción a sustancias, ateniéndonos a su relevancia y repercusión deberíamos situar en las primeras posiciones de este ranking ficticio a todos aquellos experimentos realizados a partir de la década de los años 60 que se centraron en el estudio de la influencia que tiene sobre nuestro comportamiento la presión social.

El norteamericano Stanley Milgram demostró cómo somos capaces, en determinadas circunstancias y ante la presencia de una figura de autoridad, de cometer actos que implican un grave daño físico sobre una persona inocente. Zimbardo exploró en su experimento de la cárcel de Stanford (llevado al cine recientemente) y de una manera pareja a la de Milgram, cómo la adquisición de un rol determinado y el proceso de desindividuación consecuente nos hacen a cualquier persona presa de un comportamiento violento o sumiso del que no seríamos capaces en circunstancias normales.

El estudio del apego materno-filial también fue diana de un famosísimo estudio llevado a cabo por el psicólogo estadounidense Harry Harlow. En este trabajo se trató de demostrar, en contra de la psicología conductista dominante en aquella época, cómo el apego de la cría a la figura materna no depende meramente de que esta alimente, cobije y proteja a aquella.

Para ello Harlow realizó un experimento en el que una cría de mono tenía que elegir como compañía entre una madre “postiza” creada con alambres que la alimentaba a través de un biberón y otra, más semejante a la real, hecha de felpa y suave al tacto, que sin embargo no le proporcionaba ningún alimento. La cría elegía siempre la madre más semejante a la de su especie y se abraza a ella fuertemente. El apego emocional, por tanto, iba más allá de la mera satisfacción de necesidades físicas y se extendía al campo de lo emocional.

Como apunte añadido a esta somera revisión es curioso señalar como ninguno de estos experimentos sería posible y viable llevarlo a cabo hoy en día debido a las restricciones legales que se infringirían con los participantes (incluidas las especies animales). La ética, en este caso y para bien o para mal, ha vencido al progreso de la ciencia psicológica.

Todos estos experimentos deben de resultar sobradamente conocidos a cualquiera que haya estudiado psicología o que esté interesado en la materia y haya leído sobre estos temas. Sin embargo, en el artículo que nos ocupa nos vamos a centrar en otro experimento que en su día tuvo mucho menos impacto y repercusión y que, de alguna manera, se encuentra escondido en los pliegues del tiempo. Versa sobre cómo se genera la adicción a sustancias psicoactivas y lo realizó Bruce K. Alexander, que aún vive en su residencia canadiense de Vancouver, en 1981.

La problemática de la drogadicción es sin lugar a dudas una de las mayores lacras humanas de nuestras sociedades actuales y llega a destrozar personas y familias como una plaga. Si raspamos sobre la superficie del consumidor individual comenzamos a comprender qué vasta influencia tiene este negocio en el mundo; como sus tentáculos lo tocan todo, desde la política hasta los designios de ciertos países. Según un reciente informe de la ONU del año 2013 es el negocio ilegal más rentable con absoluta diferencia, por encima de mercados tan lucrativos como son el tráfico de armas o la trata humana. Es recomendable leer “Zero Zero Zero” del escritor italiano Roberto Saviano para aprender acerca de este hecho.

Para realizar su experimento Alexander tomó como punto de partida otros experimentos clásicos realizados durante las década de los años 60 y 70. En estos experimentos previos llevados a cabo con modelos animales, preferentemente ratas, se trataba de demostrar que la adicción a sustancias, es decir,  a determinadas drogas (cocaína, opio y otras sustancias reforzantes del sistema nervioso central equivocadamente llamadas “recreativas”) era algo que sucedía de manera inapelable, matemática y que era psicológicamente inevitable.

Mujer con adicción a sustancias

Para ello, encerraban en jaulas a estas ratas y observaban como la mayoría de ellas se convertían en absolutas adictas tras aprender a presionar una palanca que les permitía obtener estas sustancias. Olds y Milner se saltaron este paso intermedio y directamente insertaron quirúrgicamente un filamento en los llamados centros de placer del cerebro de la rata, lo que les permitía a los animalesautoestimularse tantas veces como desearan. El resultado fue dramático y asombroso al mismo tiempo: las ratas dejaban de alimentarse e hidratarse y se autoestimulaban hasta morir desnutridas y carentes de fuerzas.

Era la época del despegue de los psicofármacos y del estudio científico de las bases cerebrales de la conducta, del dominio de lo biológico y genético sobre lo social y mental. Aupados por una confianza desmedida y ciega, y en aras sin duda de equipararse al resto de áreas médicas, los científicos vieron que este campo abría nuevas posibilidades y nuevas esperanzas en el diagnóstico y tratamiento de los trastornos mentales. Se pensó que se podría hallar una región dentro de nuestro cráneo que dijera si teníamos una depresión, una esquizofrenia, un alcohólico potencial o si albergábamos un psicópata en ciernes. La frenología decimonónica a fin de cuentas, tan denostada y enterrada, volvía reencarnada y camuflada, abrigada bajo otras pieles pero con similar manera de explicar quiénes somos y que nos sucede.

Este empeño por medicalizar lo mental se extiende, cabe decir, y se agranda, aun a día de hoy, sometidos como estamos por las explicaciones médicas, donde la física y la química suplantan a la relevancia que el contexto, las vivencias, los pensamientos, las emociones, la familia y/o la sociedad tienen sobre nosotros.

Alexander quiso luchar contra la visión imperante derivada de estos experimentos donde las ratas se volvían adictas de manera inexorable. Para ello pergeñó el siguienteexperimento: Alexander pensaba que era obvio que las ratas se volvieran adictas a estas sustancias ya que estaban enjauladas en pequeños reductos, en condiciones de privación de libertad y sin resaltables estímulos a su alrededor. Pensó que si se creaba un entorno más placentero, más amplio, con mayores estímulos y, en definitiva, con unas condiciones de vida más satisfactorias las ratas no tendrían la necesidad de volverse adictas. A esto le llamó el Rat Park.

El resultado fue revelador, en estas condiciones favorables los roedores preferían jugar, comer, aparearse y emprender actividades que hacían su vida más gratificante. Tras este descubrimiento Alexander continuó realizando experimentos semejantes variando alguno de los factores implicados y llegó a la conclusión de que la adicción a sustancias no depende en absoluto de la farmacología de la droga, sino de la compleja urdimbre de las sociedades que no ofrecen apoyo.

Son unos resultados que hacen tambalear todo ese pensamiento casi axiomático en torno al poder casi subyugante de la droga por volver adicto a todo aquel que la pruebe o que la tenga a disposición. Para Alexander incluso algo tan aparentemente biológico como el síndrome de abstinencia se sustenta sobre raíces mentales. Es una explicación únicamente psicosocial del proceso de adicción a sustancias o drogas. Las preguntas retóricas resultantes son obvias y a la vez desazonan: ¿existen actualmente en occidente sociedades que proporcionen esa clase de vidas placenteras para todos sus moradores? ¿Existirán algún día?

Todas estas conclusiones obtenidas a raíz del experimento resultan, cuando menos, sorprendentes. Los humanos no somos obviamente ratas y puede que todas las conclusiones obtenidas no sean una verdad absoluta, pero nos hacen replantearnos variables que teníamos como ciertas e inamovibles. Y eso siempre resulta un paso adelante a la hora de comprender, predecir y cambiar el modo en cómo nos comportamos como seres humanos.

 

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La autoestima como aliada

La autoestima como aliada

Muchos de nosotros en algún momento de nuestras vidas, hemos reflexionado o prestado un mayor o menor grado de atención a nuestra autoestima, es decir, a la valoración, el afecto y la aceptación que sentimos por nosotros mismos y que los demás también nos hacen sentir.

Pero, ¿qué es la autoestima? Hace referencia al conjunto de percepciones, imágenes, pensamientos, juicios y afectos que tenemos las personas acerca de nosotras mismas. Se va conformando sobre todo durante nuestra infancia, principalmente a partir de la imagen que nos devuelven las figuras significativas, aunque también es el resultado del proceso de socialización, en el cual la familia y la escuela tienen un papel esencial.

Una autoestima adecuada nos proporciona un trato digno y basado en el respeto hacia nosotros mismos, y además nos facilita la búsqueda activa de actitudes que fomenten nuestro bienestar. Podemos enumerar una serie de características que constituyen una autoestima positiva ,las denominadas siete “aes”:

  1. Aprecio y Afecto: Demostrarnos cariño, comprensión, y en definitiva, sentirnos bien manteniendo hacia nosotros una actitud positiva.
  2. Aceptación: Aprender a aceptarnos tal y como somos, lo cual no quiere decir que no podamos cambiar, y por consiguiente, tener siempre abierta la posibilidad de mejorar ciertos aspectos con los que no nos encontramos del todo cómodos.
  3. Atención y Autoconsciencia: Prestar atención a nuestras cualidades, necesidades, deseos, así como también a nuestros defectos y limitaciones. También es importante observar el modo en que nos vemos a nosotros mismos.
  4. Apertura y Afirmación: Tomar una actitud abierta hacia los demás, reconociéndolos y afirmándolos; bajo esta premisa se encuentra la idea de que no podemos vivir de forma totalmente independiente de otras personas, estamos en constante interrelación con ellos.

En contraposición a lo anterior, quienes tienen una baja autoestima tienden a sentirse culpables con bastante frecuencia, creen que los hechos negativos que ocurren a su alrededor se deben a algo que ellos mismos han hecho mal (es decir, se atribuyen a sí mismos los fracasos y las experiencias negativas), y sin embargo, cuando tienen éxito o logran algo positivo, normalmente suelen buscar causas externas para explicarlo (por ejemplo, el azar, la suerte o la ayuda de otras personas).

Sin duda, la confianza que tenemos en nuestras capacidades y nuestros recursos para manejar las circunstancias y lograr nuestros propósitos se convierte en aspecto clave de la autoestima. Así, junto con una alta motivación y perseverancia (por citar sólo algunas cualidades), podremos contar con nuestra mejor aliada para ayudarnos en el proceso de crecimiento y desarrollo personal.

Aquí os indicamos algunas pautas para mejorar la autoestima:

  • Reconoce tus logros personales y tus éxitos, y felicítate por lo que has conseguido.
  • Acepta tus errores, y aprovéchalos como una oportunidad de aprendizaje, tratando de no aferrarte únicamente a tus limitaciones y defectos.
  • Modera tus exigencias y ajusta expectativas. Date permiso para fallar, regula tus autoimposiciones. A veces somos demasiado críticos con nosotros mismos, quizás sea el momento de valorar si los objetivos que a veces nos planteamos son poco realistas y tenemos entonces que readaptarlos o reformularlos.
  • Plantéate objetivos y metas. Busca el modo de alcanzarlos, elaborando un plan flexible y evaluando los avances que vayas consiguiendo y los obstáculos que se presenten, busca alternativas de solución.
  • Rodéate de un entorno que alimente tu autoestima, personas y ambientes con los que disfrutes y enriquezcan tu vida.

Para terminar, el siguiente fragmento, que corresponde a un poema de Virginia Satir, es una propuesta para reflexionar sobre aquellos aspectos que poseemos, y cómo éstos pueden facilitar nuestra aceptación y autoconocimiento.

(…) Soy dueña de mis fantasías,
mis sueños,
mis esperanzas,
mis temores.
Son míos mis triunfos y mis éxitos,
todos mis fracasos y errores.
Puesto que todo lo mío me pertenece,
puedo llegar a conocerme íntimamente.
Al hacerlo, puedo llegar a quererme
y sentir amistad hacia todas mis partes.
Puedo hacer factible
que todo lo que me concierne funcione
para mis mejores intereses.
Sé que tengo aspectos que me desconciertan
y otros que desconozco.
Pero mientras yo me estime y me quiera,
puedo buscar con valor y optimismo soluciones para las incógnitas
e ir descubriéndome cada vez más.

 

Begoña López

 

 

 

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¿Cómo alcanzar nuestras metas?

¿Cómo alcanzar nuestras metas?

El año nuevo, el nuevo curso… Son algunos de los momentos claves para plantearnos nuevas metas; apuntarse a un gimnasio, aprender un nuevo idioma, dejar de fumar… En un principio podemos tener buenas intenciones, comenzar muy motivados, pero puede que esas ganas iniciales vayan disminuyendo y acabemos desistiendo rápidamente, haciendo que todo quede en “agua de borrajas”. No basta únicamente con desear algo, también es importante nuestra actitud y el empeño que pongamos para alcanzarlo. Lee estos consejos para alcanzar nuestras metas.

Una de las primeras cuestiones sobre las que tenemos que reflexionar para no perder de vista nuestros objetivos consiste en preguntarnos qué es exactamente aquello que queremos lograr, definirlo de una forma concreta y específica, con el máximo nivel de detalle, y establecer un tiempo aproximado en el que vamos a llevarlo a cabo. En muchas ocasiones tendemos a definir nuestros propósitos de una forma vaga y ambigua, nos planteamos por ejemplo “hacer más ejercicio este año”; sin embargo, si hacemos una descripción en términos cuantificables, esto es, delimitar el número de días que vamos a ir al gimnasio o salir a correr, y además el tiempo que le vamos a dedicar diariamente, estableciendo incluso un intervalo horario para mayor exactitud, habremos dividido nuestros objetivos en otras más pequeños y asequibles.

Asimismo, es recomendable que nos marquemos metas alcanzables y realistas; ya sabemos que Roma no se conquistó en un día, por tanto, si hemos visualizado nuestro objetivo a largo plazo, parece adecuado establecer metas a medio y corto plazo para no rendirnos a las primeras de cambio.

Para que todo lo dicho anteriormente funcione, es importante además tener en cuenta algunos aspectos:

  1. Incorporar el objetivo dentro de las rutinas diarias (siempre que sea posible, los mismos días y la misma duración). De esta forma, lograremos consolidarlo como un hábito y será menos costoso ponerlo en marcha, acogiéndolo como una parte más de nuestra forma de vida.
  2. Flexibilidad y actitud abierta. Contar con la posibilidad de reformular las metas propuestas en un primer momento, adaptándonos a los cambios que puedan aparecer a lo largo del proceso encaminado a su consecución, teniendo en cuenta nuestras necesidades o posibles imprevistos que puedan surgir.
  3. Aprender a tolerar la frustración. No siempre los planes salen bien. Este punto está relacionado con lo que hemos referido anteriormente sobre marcarnos metas realistas y alcanzables, porque, de lo contrario, generaremos un sentimiento de fracaso si observamos que nuestras expectativas iniciales son demasiado elevadas y no se han cumplido.
  4. Valorar cada paso que demos, por insignificante que nos pueda parecer; cada pequeño avance nos va acercando poco a poco a la meta final y nos ayudará a convencernos de que el esfuerzo merece la pena.

Por último, hay tres palabras que resultan fundamentales para alcanzar nuestras metas: perseverancia, paciencia y constancia. Tengámoslas siempre muy presentes y permitamos que nos acompañen durante el camino hacia el logro de nuestros propósitos.

 

 

 

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