May 11, 2015 | educación, Psicología
Pautas para proteger a nuestros niños de un secuestro.
Desde hace unos meses, y tras los sucesos ocurridos en algunos distritos de Madrid, donde han tenido lugar el secuestro o intento de secuestro de varios menores.
El miedo, la preocupación y la indignación aumentan entre las familias.
Todos tenemos en nuestro entorno niños pequeños, ya sean nuestros hijos, nietos, sobrinos, vecinos o simplemente conocidos. No podemos evitar que el miedo se apodere de nosotros pensando en la remota posibilidad de que alguno de nuestros pequeños sea la siguiente víctima de los secuestros de niños tan sonados últimamente.
Ante estas circunstancias, ¿hay algo que podamos hacer para evitar situaciones así? Por supuesto que sí. No podemos actuar como un superhéroe y atrapar a los “malos” de forma tan sencilla como en las películas. Sin embargo nuestro papel, aunque menos activo, es igual de importante.

Una de nuestras tareas como adulto consiste en informar a los más pequeños sobre los peligros que existen (incluidos los secuestros de niños). Así, evitamos llenarles de miedo y ansiedad. Es importante que los niños continúen con su día a día, sin que informaciones de este tipo rompan con su rutina habitual. Pero debemos darles, al mismo tiempo, la seguridad necesaria para saber qué hacer en esos casos.
Actuaciones de prevención del secuestro de niños:
- Cuando los niños se encuentren en el parque o en cualquier otro lugar de ocio, es importante delimitar una zona de juego de la que no deben salir sin haber avisado antes. Además, es bueno descartar que vayan a comprar chucherías o a hacer algún recado sin la supervisión de un adulto.
- Es importante que los niños sepan no solo su nombre completo sino también el de sus padres También la dirección de casa, el nombre del colegio y un número de teléfono.
- Es conveniente que no lleven a la vista su nombre en la ropa o en algún complemento. Pues esto facilitaría al secuestrador ganarse la confianza del menor al llamarle por su nombre. Puede incluso decir que algún familiar le ha pedido que venga a buscarle. Por ello, es imprescindible avisar a los niños de que no deben fiarse de nadie que no conozcan anteriormente.
- Siempre que sea posible, trata de evitar que los niños vayan solos al colegio. Es muy posible que algunos de sus compañeros vivan por la zona, por lo que sería una buena idea que pudieran ir juntos. Ellos estarían más seguros y el camino al colegio sería más divertido.
- Enseña a los niños a no esconderse nunca si alguien les está siguiendo. Explícales que deben buscar ayuda de inmediato en alguna tienda o casa cercana.
- En el caso de encontrarse en una situación de peligro, hay que infórmales sobre cómo deben actuar. Por ejemplo, que grite o corra. Cualquier cosa es buena para llamar la atención de alguien que pase por esa zona. En el caso de que un desconocido se dirija a ellos, que acuda rápidamente junto al adulto que esté con él en ese momento.
- Si los niños son lo suficientemente mayores para quedarse solos en casa, tenemos que asegurarnos de que la puerta esté cerrada con llave.Además, nunca deben decir a nadie que llame por teléfono o toque el timbre que se encuentran solos.
Seguir estas pautas, entre otras, puede marcar la diferencia y garantizar la seguridad de los más pequeños. Si en algún momento detectas algo que te parece sospechoso, no dudes en ponerlo en conocimiento de la policía. Ellos sabrán cómo actuar en cada caso.


May 2, 2015 | educación, formación, Psicología
Nunca es tarde para olvidar. Digo…aprender
Educación escolar
La educación es un gran campo dominado por el binomio enseñanza-aprendizaje, en el que interactúan varios agentes. Entre ambos componentes existe un espacio común donde ambos se encuentran, nutren e interrelacionan.
En el campo educativo podríamos hablar de la relación alumno – profesor. Al hablar de ellos se suele pensar que la función de uno (el alumno) es exclusivamente aprender y la del otro (el profesor) exclusivamente enseñar, pero la relación entre ambos va mucho más allá. Aunque muchas veces no somos conscientes, realmente alrededor de ellos también podemos encontrar multitud de variables que influyen y que se relacionan de una u otra manera con otros círculos sociales y de aprendizaje.
Uno de los aspectos que nos preocupa en mayor grado actualmente, dentro del sistema educativo reglado, son las pocas ganas e interés con las que se encuentran determinados alumnos; aspecto que influye directamente en el entusiasmo y en la vocación de sus maestros. Es un círculo vicioso del que tenemos que intentar salir y que, por otra parte, requiere un gran esfuerzo tanto de ambas partes como del sistema educativo en general.
Para estimular al alumno podemos utilizar las llamadas estrategias motivacionales. Estas se definen como determinadas formas de actuar, atractivas para el sujeto, con el fin de estimularlo y suscitar interés a la hora del aprendizaje. También las interpretamos como aquellas técnicas que utiliza el docente para que el alumno tenga motivación a la hora de aprender.
En este sentido es importante diferenciar entre estrategia, destreza y táctica. Una estrategia puede pasar a ser una destreza a través del aprendizaje. La estrategia es más reflexiva y consciente que la táctica, en cambio la táctica es mecánica y se puede reproducir sin aprender. Además, es importante distinguir entre motivación intrínseca y extrínseca. En función de donde se sitúe la atribución del fracaso (interna o externa) tendremos que dar una respuesta diferente. No es lo mismo un estudiante que atribuye su fracaso escolar al esfuerzo, a la suerte o a la dificultad en la tarea. Por tanto habrá que dar una respuesta educativa diferente.
La pedagogía es una ciencia que estudia, o bien tiene como objeto de estudio, la educación. Por tanto posibilita establecer la relación entre sujeto y aprendizaje, entendiéndose que el aprendizaje es un proceso de adquisición de conocimientos o experimentación con el objeto de obtener nuevos aprendizajes, y esto se produce a lo largo de toda la vida (aprendizaje permanente), o ¿acaso dejamos de aprender pasada la época de la educación obligatoria en nuestra adolescencia?
Se suele pensar que este profesional (el pedagogo) se dedica exclusivamente a la enseñanza dentro del área de la niñez, o en los diferentes campos de la educación institucional.” Cabe destacar, en un primer momento, que no es un psicólogo de niños ni un maestro especializado en esta etapa. Esta disciplina atiende tanto a niños, adolescentes, adultos como a población de la tercera edad.
Es cierto que tradicionalmente se orientaba prioritariamente al periodo de la niñez, ya que durante esta etapa evolutiva es donde se producen, cuantitativa y cualtitativamente, un mayor número de aprendizajes. Quizá podamos entenderlo mejor viendo la etimología del término: la palabra pedagogía tiene su origen en el griego antiguo, del término “paidagogós”. Esta palabra estaba compuesto por paidos (“niño”) y gogía (“llevar” o “conducir”). De hecho, antiguamente se denominaba pedagogos a las personas o “esclavos” que llevaba a los niños a la escuela.
Educación familiar
Los progenitores, como seres sociales, tienen la necesidad de relacionarse y la oportunidad de crear una familia, y para conseguir esto es necesario, obviamente, el poder mantenerla. El trabajo, en mayor o menor medida, resta tiempo a las relaciones personales y familiares, incluyendo también, la importante educación de nuestros hijos.
¿El pasar mucho tiempo fuera de casa, trabajando, significa estar desatendiendo a nuestros menores? Inevitablemente pueden existir casos en los que sí, pero en la mayoría de las veces el trabajo no sustituye a la educación de nuestros hijos, o no debería ser así, del mismo modo que la escuela tampoco debe sustituir a la familia. Por ello se hace necesario un lugar donde se cumpla el derecho de los niños de una educación adecuada y que comparta las necesidades educativas con las familias.
Estamos contemplando en nuestra época actual el nacimiento de una nueva infancia. Por un lado la revolución de las comunicaciones y el cambio del ritmo de vida laboral y familiar han situado a los menores en una relación muy distinta a la que tenía nuestros padres con sus progenitores.
La escuela no es ya el único ámbito en donde circula el saber. Los niños aprenden a manejar las nuevas tecnologías a un ritmo acelerado, recibiendo todo el torrente de información que esto implica de la misma forma que un adulto, pero al estar ubicados en un periodo evolutivo distinto observamos que la infancia se acelera, y consecuentemente se anticipa la adolescencia, demorándose sin embargo cada vez más el proceso de autonomía que insertará definitivamente al joven en la sociedad adulta y en el mundo laboral, algo muy diferente con las normas establecidas en el pasado.
Responsabilidad Social
Unido a la influencia de las nuevas tecnologías cabe destacar la educación como responsabilidad social. La inversión en educación se ocupa del desarrollo propio de los niños para su posterior integración en el mundo adulto, formados por personas críticas y preparadas para afrontar las posibles desavenencias que se nos presenten a lo largo de la vida. Recordemos que nunca es tarde para aprender cosas nuevas y para construir nuevos caminos y respuestas para nuestro futuro. La educación nunca se debe mirar como un gasto sino como una inversión a largo plazo totalmente necesaria para la reducción de las desigualdades sociales y para el desarrollo personal y social.
Una buena forma para comenzar desde pequeños es la comprensión de los problemas de forma crítica y significativa. Cuando trabajamos con niños más pequeños estos problemas se explican a partir de “lo particular” pero, a medida que se van haciendo más mayores se puede partir directamente de lo general. Por lo tanto un elemento importante a tener en cuenta es la edad del niño.
El fomento de las habilidades sociales es uno de los elementos más importantes a la hora de trabajar en el aula como en otros entornos. Ejemplos de estas habilidades son: la capacidad de escucha, respetar el turno de palabra, transmitir el respeto de unos a otros, saber cómo expresar desacuerdo, etc. Pueden parecernos aparentemente cosas sencillas y aspectos secundarios dentro del currículo escolar pero realmente su importancia es de igual peso o incluso mayor que el mero aprendizaje de conocimientos.
Nunca es tarde para aprender que, junto a los conocimientos teóricos, estas habilidades son imprescindibles para el desarrollo psicoemocional y social.

La comunicación interpersonal es un elemento clave tanto entre profesores, alumnos, padres, comunidad educativa, iguales, etc. Por ello es muy importante saber transmitir y recibir información. Todos se merecen que se les preste atención y a todos nos gusta ser escuchados.
Una buena comunicación es clave para nuestro desarrollo, teniendo en cuenta que existen muchas formas de comunicación, atendiendo a nuestro lenguaje verbal (contenidos del mensaje, palabras), no verbal (sonrisa, postura, mirada, etc.) y paraverbal (tono de voz, volumen, pausas, etc.) ¿verdad que hay muchos factores implicados?
Qué decir de la influencia de las emociones, y que está tan de moda últimamente. La importancia de saber qué sentimos en cada momento y cómo reacciona nuestro cuerpo, saber que le pasa a tu compañero/a al ver un gesto en su cara o intentar controlar una determinada emoción que no te deja de molestar. Todo esto forma parte del aprendizaje y la Inteligencia emocional.
Por último, tras hablar del papel de las nuevas tecnologías en la educación, cabe destacar en este artículo un fragmento de un artículo relacionado con las desigualdades sociales y las nuevas tecnologías, donde se deja claro la función de la “gran masa” en esta vida. Según Manuel Vicent, en una columna que tituló Espectáculo:
“… A esta vida los pobres sólo han venido a escuchar. Ahora en el mundo la opinión pública ya es papilla uniforme suministrada desde la cima de la pirámide formada por las grandes empresas de comunicación y el ciudadano siente que en lo alto del cráneo le ha nacido un tercer ojo y una tercera oreja formando una parabólica por donde se le inocula la misma información, los mismos espectáculos y mismos deseos de consumir los mismos productos sin fin bajo un mismo impulso electrónico conectado con las terminales nerviosas del cuerpo. Tú eres ya un ser libre automático… La máxima información se ha convertido en la máxima explotación hasta la lucidez: sólo seré rico cuando no mire ni escuche. He aquí la revolución”.
(M. Vicent. El País, 16-I-2000; p. 64)

Abr 30, 2015 | Psicología
“Cuando me siento con ansiedad, me tomo un ansiolítico”,
me decía un paciente en la consulta. Le pregunté por si le habían prescrito eso así, y me indicó que su médico de cabecera le había indicado que se tomara tres al día, y alguno más en caso de necesitarlo.

Me pregunté entonces si son necesarios tantos ansiolíticos para reducir la ansiedad o si es algo que está tan instaurado en la sociedad que no se ve del todo mal. Indagando un poco, descubrimos que los fármacos psiquiátricos están recetados de manera masiva en España. España figura en el segundo lugar en el consumo de tranquilizantes (según las estadísticas de la OCDE, fuente: Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad). Y eso parece cuanto menos inquietante.
Quién más y quién menos ha padecido una situación estresante en algún momento de su vida, y ¿quién no ha estado triste en alguna situación? ¿Eso significa que tendría de tomarme un ansiolítico cuando me sienta con ansiedad que no se controlar, o bien que me tendría que tomar un antidepresivo cuando me siento triste?
Como sabemos, el sentirnos con sensación de estrés en alguna situación no es del todo malo ya que eso hace que nuestro organismo se active para enfrentarse a la situación. Si de algún modo entendemos que la situación estresante nos va a superar, entonces aparece la ansiedad. Si esta ansiedad se dilatara en el tiempo podríamos pasar a una situación de indefensión que propiciaría una sensación de tristeza para enfrentarnos a lo que nos viene. Esto significaría que nos encontraríamos dentro del diagnóstico de “depresión mayor” y por ello nos podrían recetar algún fármaco psiquiátrico que pudiera reducir éste estado.
En nuestra sociedad estamos acostumbrados a que para enfrentarnos a algo que no manejamos, podamos pedir ayuda a quien podría dárnosla. Cuando nos sentimos mal ante alguna situación, solemos tomarnos un ansiolítico para reducir ese malestar, pero ¿dónde está nuestra capacidad de decisión? ¿Se queda solamente en decidir ir al médico para que nos recete algo? O podríamos hacer algo más…
Cuando tenemos una torcedura o un esguince en un tobillo solemos tener ayuda de un bastón o una muleta. Cuando tenemos miedo a algo, solemos evitar la situación o pedir ayuda de alguien para enfrentarnos a ello. Cuando nos sentimos tristes, tenemos a un familiar que nos ayuda y nos apoya para hacer las cosas del día a día. Por un lado cuando necesitamos ayuda la podemos encontrar y nuestros seres queridos nos ayudarán en la medida de lo posible, pero por otro lado, de una forma muy sutil pero no por ello menos importante, nos dice… “Te ayudo porque tú sólo no puedes…”.
Cuando nos sentimos tristes o con ansiedad por alguna situación, solemos pedir ayuda a quien tenemos cerca para que nos sea más llevadera la situación. Si vemos que aun así no podemos solucionar la situación o las sensaciones que tenemos, vamos al médico que nos indique que es lo que nos pasa. En ese caso, antes de llegar a la consulta hemos sido capaces de decidir que con las herramientas y los apoyos que tenemos no somos capaces de rebajar la sensación. Es cuando el médico nos indica lo que nos pasa, y nos receta un fármaco para reducir las sensaciones.
Según indica el catedrático emérito de la Universi
dad de Duke, en una entrevista al periódico El País: “Los seres humanos somos criaturas muy resilientes. Hemos sobrevivido millones de años gracias a la capacidad para afrontar la adversidad y sobreponernos a ella. Ahora mismo, en Irak o en Siria, la vida puede ser un infierno. Y sin embargo, la gente lucha por sobrevivir. Si vivimos inmersos en una cultura que echa mano de las pastillas ante cualquier problema, se reducirá nuestra capacidad de afrontar el estrés y también la seguridad en nosotros mismos. Si este comportamiento se generaliza, la sociedad entera se debilitará frente a la adversidad. Además, cuando tratamos un proceso banal como si fuera una enfermedad, disminuimos la dignidad de quienes verdaderamente la sufren.”
¿Está entonces justificado el aumento significativo del consumo de fármacos en nuestra sociedad? Los fármacos antidepresivos y ansiolíticos son eficaces y seguros en casos como la “depresión mayor” y en los trastornos mentales crónicos. En diferentes estudios se demuestra que no tienen el mismo efecto para los estados de ánimo depresivos a consecuencia de situaciones cotidianas. No estarían indicados para afrontar una pérdida de un ser querido, para afrontar una situación de estrés laboral o para levantar el ánimo tras una ruptura sentimental, que es para lo que muchas veces se recetan.
Mientras nos excedemos en la prescripción de fármacos para los procesos psicológicos que no son patológicos, por nuestra experiencia, observamos que hay otros muchos enfermos con verdaderas enfermedades mentales que ni siquiera están tratados. En definitiva, mientras algunos sufren por estar demasiado medicados, otros por estarlo poco.


Abr 26, 2015 | Psicología
El papel del psicólogo en la sociedad actual está siendo progresivamente más conocido y valorado. Su desempeño cada vez se aplica a más campos, desde el sanitario hasta el escolar, pasando por el sector empresarial o el de la mejora de rendimiento en el área deportiva, por exponer tan sólo algunos ejemplos representativos. Pero, cabe preguntarse a título individual: ¿Cuándo debo acudir al psicólogo? ¿De qué manera va a poder ayudarme a solucionar el problema que se ha presentado en mi vida? ¿Merece la pena invertir mi tiempo y mi dinero? ¿Voy a tener que contarle a un desconocido aspectos personales que quizá no estoy acostumbrado a expresar a nadie? Creemos útil el dedicar unas palabras para tratar de responder estas cuestiones.
Primer paso: tomar la decisión de ir al psicólogo
El dar el paso inicial de dirigirse a la consulta de un psicólogo suele generar dudas en muchas personas. Así como todos vemos normal el acudir al médico de cabecera ante un dolor de estómago o al dentista ante un dolor de muelas, aún no estamos totalmente concienciados que ante un problema que afecta a nuestras emociones o cuando por algún motivo ha aparecido una circunstancia vital que somos incapaces de solucionar por nosotros mismos, la opción más aconsejable es acudir a un psicólogo.
Es común encontrarse a alguien que se niega a ir al psicólogo aduciendo que “no está loco”. Es una equivocación que cometen algunas personas. Es evidente que no hace falta “estar loco” para acudir a este especialista y, de hecho se estima que más del 80% de las personas que acuden a una consulta psicológica privada lo hacen por problemas de ansiedad o depresión. Dichos problemas distan mucho en su sintomatología de lo que vulgarmente denominamos como “estar loco”. La ansiedad y la depresión son mucho más comunes de lo que podamos llegar a creer; ambas se suelen presentar como una respuesta extrema que da nuestro cuerpo y nuestra mente ante un hecho que somos incapaces de gestionar porque no tenemos las herramientas adecuadas. Pero lo que es importante saber es que se les puede dar una solución si se actúa de la manera adecuada.
Acudir a un psicólogo por tanto, no implica reconocer que hemos perdido nuestras capacidades mentales. Recurrir a un psicólogo significa que en un momento determinado necesitamos que un profesional nos ayude a solventar alguna circunstancia vital que nos está incapacitando para realizar una vida normalizada. Implica que toda persona desea tener una vida más satisfactoria, más plena y quiere darse la oportunidad de lograrla. Debemos tratar de superar ese miedo a sentirnos estigmatizados por acudir a un psicólogo. Muchas personas no se deciden a darse esa oportunidad por este miedo y muchas otras que si acuden lo ocultan de cara a sus amistades o familiares por el mismo motivo. Dejar pasar el tiempo, en contra de lo que se suele decir, no va a arreglar nuestro problema; sino que puede que suceda todo lo contrario, esta dificultad se va a ir arraigando en nosotros y generándonos cada vez más inconvenientes.
¿Pedir ayuda implica falta de autonomía?
El acudir a un psicólogo no significa reconocer que no tenemos autonomía sobre nuestra vida o que somos incapaces de gobernarla; conlleva primeramente, una concienciación de que
estamos inmersos en un problema y posteriormente, el tener la valentía y la fuerza de voluntad para tratar de solventarlo. Es un paso que por él mismo indica un deseo de cambio.
Existen personas que pueden llegar a exigirse por encima de sus límites y sus posibilidades reales. Para ellos acudir a un psicólogo puede llegar a despertar sentimientos de vergüenza o humillación por no poder superar solos lo que les está sucediendo. Es importante decirles que los recursos individuales de afrontamiento son variables entre las diferentes personas e incluso en una misma persona en diferentes momentos. Todos tenemos un límite acerca de lo que podemos soportar por nosotros mismos.
¿Qué debo contarle al psicólogo?
Otro aspecto que puede intranquilizar a aquel que acude por primera vez a consulta, es el hecho de tener que comunicar problemas íntimos a un desconocido. Exponer inseguridades, complejos, frustraciones o debilidades que quizá llevamos años ocultando es un duro trance que muchos no están dispuestos a pasar y que va haciendo que retrasemos más y más el solicitar una cita. Esta demora solo va ir agravando nuestro problema, añadiendo sufrimiento innecesario y dificultando su resolución.
El psicólogo no nos va a obligar durante su trabajo a contarle nada que no queramos. La propia relación terapéutica va a ir generando un clima de confianza y seguridad que nos permita ir abriéndonos según creamos conveniente. La mejor manera de expresarnos en consulta es hablar tal cual somos y exponer naturalmente lo que nos está sucediendo. El especialista va a mostrase empático, va a saber escuchar y jamás va a juzgar a nadie ni por sus emociones ni por sus comportamientos. El terapeuta no es un fiscal ni un abogado; su trabajo está encaminado a comprender, analizar y a desarrollar un tratamiento adecuado. La consulta es un espacio destinado a trasmitir e intentar solventar nuestras dificultades de manera abierta y consensuada. Finalmente, es importante recalcar que hablamos de un profesional que se atiene a un código ético y deontológico dictado por el colegio oficial de psicólogos (COP, 1987), que le obliga a guardar secreto profesional y confidencialidad de toda aquella información trasmitida por sus pacientes. El respeto a la privacidad es primordial en su nuestra profesión.
¿Cuál es su labor?
El psicólogo es un profesional especializado, tiene una formación académica y una experiencia profesional que lo capacitan para desempeñar el trabajo que realiza. Dentro del mundo de la psicología existen diferentes corrientes con distintos modos de entender las causas y las motivaciones del comportamiento humano. Respetando todos los acercamientos teóricos existentes, su trabajo se centra en usar aquellas técnicas que han sido validadas por las investigaciones científicas. Mediante una serie de herramientas metodológicas, entre las que se incluye la entrevista y otras formas de recabar información, se clarifica y entiende cada problema, su origen y sobre todo las causas del mantenimiento. A partir de este momento se va a diseñar un tratamiento, siempre individualizado, donde van a figurar unos objetivos a alcanzar, consensuados con la persona demandante.
Desde el primer momento vamos a ser nosotros mismos en un trabajo del día a día y en ocasiones con la ayuda de nuestro entorno, los que vamos a obrar la mejora en nuestra propia vida. Y todo ello realizando un cambio adecuado en nuestro comportamiento, estilo de vida, pensamientos y emociones. Esto no implica que el causante del problema seamos nosotros mismos, pero sí que gracias a nuestro esfuerzo vamos a luchar por solventarlo. La labor del psicólogo va a consistir en proporcionarnos las herramientas y las estrategias adecuadas; en guiar y supervisar la evolución del paciente. Va a tratar de eliminar los posibles pensamientos erróneos para desarrollar otros más beneficiosos y funcionales. Es importante destacar que el especialista no tiene un libro con soluciones mágicas, ni que con un simple vistazo de cinco minutos es capaz de diagnosticar y solventar el problema de una persona. Por este motivo su atención debe ser profunda y específica.
Cabe destacar la diferencia entre psicólogo y psiquiatra, ya que a veces se pueden equivocar sus funciones. Ambos realizan un diagnóstico del paciente para aplicar un tratamiento adecuado y conseguir que su calidad de vida mejore. El psiquiatra por su parte, es un profesional formado en la medicina y que se basa en la acción de los fármacos para tratar de disminuir la sintomatología. El psicólogo se centra en un cambio del comportamiento, los pensamientos y las emociones.
¿Cuánto tiempo va a durar la terapia y cuánto me va a costar?
Ésta es una cuestión práctica que Ampsico cree necesaria responder ya que muchas personas se lo preguntan y nunca suele ser tratada debidamente.
En lo referente a la duración, se señala que no existe un número prefijado de sesiones. Como se ha descrito antes cada persona es diferente y presenta unos condicionantes distintos, lo que hará que según sea su evolución el tratamiento puede ser más o menos breve. Lo que sí es relevante destacar es que desde esta asociación se trabaja desde terapias orientadas a tratamientos delimitados en el tiempo. Una vez alcanzados los objetivos acordados entre psicólogo y paciente, la relación terapéutica habrá finalizado. Un tratamiento psicológico no debe extenderse durante un largo tiempo sin motivos justificados para ello.
En cuanto al gasto monetario son varias los motivos por los que merece la pena invertir parte de nuestro dinero en acudir a un psicólogo. Cuando estamos inmersos en un bache del que somos incapaces de salir por no tener las herramientas personales necesarias o porque estamos usando las soluciones erróneas,solemos primeramente recurrir a las personas que nos rodean, pero éstas a veces son incapaces de ayudarnos, se frustran y pueden incluso acabar alejándose de nosotros o caer afectadas emocionalmente como lo estamos nosotros mismos. ¿No sería útil acudir a un profesional para evitar esto? Solemos gastar nuestro dinero en diversos placeres, en viajes, en disfrutar de nuestro ocio, en comprarnos ropa, etc. Y si nos gastamos nuestro dinero en ésto ¿por qué no invertirlo en nuestro bienestar personal, en ser felices, en mejorar como personas, en arreglar los problemas con nuestra pareja, etc.? ¿Acaso no nos lo merecemos?
¿Por qué acudir a un psicólogo y no a un amigo?
Podríamos pensar que un buen amigo o un familiar pueden ser capaces de ayudarnos a solucionar nuestros problemas. Tener buenos lazos personales es siempre beneficioso y puede ser una piedra de apoyo pero hay que tener en cuenta que un amigo y un psicólogo no cumplen la misma función. Una persona cercana no tiene ninguna formación ni experiencia para ayudarnos de manera eficaz llegado el caso. Podría acabar afectada emocionalmente por nuestra situación. Un amigo nos escucha, nos da sus mejores consejos de manera bienintencionada y nos apoya en determinados momentos. Sin embargo no cuenta con la formación suficiente ni va a poder trabajar de manera tan exhaustiva de cara a superar aquello que está condicionando nuestra vida de manera negativa.
Algunas razones para acudir al psicólogoNo existe un criterio definido acerca de cuándo se debe acudir a un psicólogo. Tampoco es adecuado compararse con otras personas a la hora de medir nuestros problemas. Lo que nos afecta y la intensidad en que lo hace no puede medirse con una balanza. Acontecimientos que a alguien pueden afectar en menor manera a nosotros pueden desestabilizarnos profundamente, y viceversa. No depende tanto de la situación o el problema al que nos enfrentemos como del grado de afectación que nos esté causando. Aquí se muestran tan sólo algunas de las razones por las que sería recomendable acudir a un psicólogo:
- Cuando la tristeza y la desilusión nos agobian. Cuando comenzamos a pensar que nuestras vidas carecen de sentido.
- Cuando pensamos que todo nos sale mal y que las cosas no van a cambiar.
- Cuando todo a nuestro alrededor lo percibimos amenazante y nos sentimos incomprendidos o desatendidos.
- Cuando ciertos miedos nos impiden desarrollar una vida normal, impidiéndonos salir a la calle, relacionarnos con otras personas, permanecer en un sitio cerrado, etc.
- Cuando el temor o la inseguridad nos impiden desarrollar nuestras habilidades y disfrutar de las personas y las cosas que nos rodean.
- Cuando nos sentimos “con los nervios rotos” y casi cualquier situación hace que perdamos el control y sólo sepamos responder con agresividad o llorando de manera incontrolable.
- Cuando desearíamos dejar de fumar o beber y somos incapaces de hacerlo.
- Cuando somos incapaces de afrontar correctamente una situación como hablar en público.
- Cuando volar en avión nos produce un malestar irrefrenable.
- Cuando deseamos tener una relación de pareja y no somos capaces de lograrlo.
- Cuando el estrés de la vida diaria empieza a producirnos insomnio, problemas digestivos, cardiovasculares o sexuales.
- Cuando los problemas de comunicación dificultan nuestra relación nuestra pareja.
- Cuando he decidido alcanzar una vida más plena y feliz.
- Cuando he decidido desarrollar su potencialidad y su nivel de autoconocimiento.
- Cuando después de seguir un tratamiento farmacológico los resultados no son todo lo satisfactorios que deseaba.
- Cuando ha sucedido en nuestras vidas algún tipo de cambio que desafía nuestro funcionamiento anterior, como por ejemplo: la muerte de un ser querido, el nacimiento de un hijo, un despido laboral, la llegada de la jubilación, un cambio de residencia, etc.
- Cuando nuestros hijos presentan algún condicionante que les impide desarrollarse plenamente en el medio escolar, familiar y personal.
- Y en definitiva, cuando aparecen determinados indicios que indican que algo no está funcionando adecuadamente en nuestra vida y que somos incapaces de continuar con nuestro ritmo habitual.

Abr 20, 2015 | educación, Psicología
El trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH) es
uno de los trastornos infantiles más diagnosticados en la actualidad, así como también uno de los diagnósticos clínicos en los que más se ha incrementado su prevalencia (número de casos totales en la población) durante los últimos años. Seguramente todos conocemos a un niño o a un adolescente, familiar directo o hijo de alguna persona cercana, que ha sido diagnosticado recientemente y recibe medicación por ser hiperactivo. Multitud de publicaciones exploran esta “supuesta” enfermedad y la cobertura mediática sobre ella es abundante y profusa. Multitud de famosos (en su mayor parte americanos) están saliendo a la palestra reconociendo que ellos mismos han padecido este trastorno, desde Justin Timberlake, pasando por Bill Gates hasta Will Smith. Por citar solo unos nombres representativos. Hasta algún avezado ha llegado a afirmar que Bart Simpson, el dibujo animado, sin lugar a dudas cumple los criterios diagnósticos que estipula el DSM-IV (“la biblia” americana que rige y clasifica los diversos trastornos mentales) para el TDAH.
Pero tras esta desbordante y apabullante reunión de datos y hechos, cabe preguntarse de forma más sosegada y sistemática, qué se esconde tras el TDAH y hasta qué punto son verdades todo aquello que lo rodea.
Lo primero que debe ser dicho es que el TDAH no es una enfermedad. No es equiparable a una apendicitis, a unas paperas o a un glaucoma. Y esto es así porque no existe ningún marcador físico o químico certero que nos indique su presencia. Por muchos estudios que se hayan realizado en pos de encontrar un dato objetivo fidedigno no se puede aseverar que un niño con TDAH tenga tal parte del cerebro mal desarrollada o que el funcionamiento de tales circuitos nerviosos esté alterado.
Centrémonos ahora en los susodichos criterios diagnósticos del DSM-IV:
A-1) Presenta seis o más de los siguientes síntomas de falta de atención durante al menos 6 meses con una intensidad superior a la que normalmente manifiestan las personas de su misma edad:
Desatención
– No suele prestar atención a los detalles. Comete errores frecuentemente en el colegio, el trabajo u otras actividades.
– Le cuesta mantener la atención en tareas o actividades de tipo lúdico.
– Parece que no escucha cuando se le habla.
– No suele finalizar las tareas o encargos que empieza y no suele seguir las instrucciones que se le mandan, sin ser por un comportamiento negativista o por una incapacidad para comprender las instrucciones.
– Le resulta complicado organizar tareas y actividades.
– Intenta evitar realizar tareas que le suponen un esfuerzo mental sostenido (actividades escolares o tareas domésticas).
– Pierde objetos frecuentemente (ejercicios, lápices, libros, juguetes…)
– Se distrae con cualquier estímulo irrelevante.
– Es descuidado en las actividades de la vida diaria.
A-2) Presenta seis o más de los siguientes síntomas de hiperactividad-impulsividad durante un período mínimo de 6 meses con una intensidad superior a la que normalmente manifiestan las personas de esa edad:
Hiperactividad
– Suele mover en exceso las manos y los pies o no se está quieto en el asiento.
– No suele permanecer sentado en las situaciones en las que se espera que lo esté.
– Suele correr o saltar en exceso en situaciones en las que no es apropiado hacerlo.
– Tiene dificultades para realizar actividades o juegos tranquilos.
– Suele estar en movimiento y actuar como si tuviese un motor en marcha continuamente.
– Suele hablar en exceso.
Impulsividad
– Suele dar respuestas precipitadas antes de que se hayan terminado de formular las preguntas.
– Le cuesta esperar su turno y respetar las colas.
– Suele correr o saltar en exceso en situaciones en las que no es apropiado hacerlo.
– Suele interrumpir a los demás y entrometerse en las actividades de otros.
Cualquier padre que haya criado o este criando a un hijo seguramente vea reflejadas muchas de estas características en su propio vástago. Y es llamativo resaltar el criterio general de que la intensidad de estos síntomas debe ser “superior” a la normal en el resto de niños; ahora bien, ¿quién o qué indica donde se encuentra esa normalidad y donde está la línea que llegado un momento se rebasa? Sin lugar a dudas esa vara de medir se encuentra sólo en los adultos, en los progenitores, que al sentirse desbordados por su hijo recurren a llevarlo a un médico especialista para que trate de encauzarlo por el buen camino. Jamás un niño va a dar la voz de alarma o se va a quejar por el sufrimiento que le causa el “ser así”. Es el padre desesperado el que cogido de la mano lo va a llevar hasta la consulta médica para que, por favor, traten de “curarlo”. Nunca nadie dijo que educar fuera tarea sencilla ni tampoco que los niños vinieran con un manual de instrucciones bajo el brazo. El hecho de que en la sociedad actual los padres apenas puedan pasar con sus propio hijo entre semana más que un breve tiempo a la hora de la cena no ayuda ni mucho menos a desarrollar una educación bien cimentada.
Otro punto a señalar es que en la mayoría de estudios sobre el TDAH se hace referencia a que la alteración atencional del niño no ocurre en todos los ambientes, ya que es capaz de dirigirla cuando el estímulo le interesa. Entonces si es capaz de focalizar su atención durante largos periodos de tiempo. ¿Qué alteración emocional de base es aquella que se manifiesta ahora sí, ahora no? ¿No debería una alteración atencional de origen cerebral afectar a todo estímulo sin importar su relevancia para el niño? Cuando es el propio niño el que es capaz de movilizar su atención dependiendo del foco, lo que existe entonces no es un deterioro atencional (ya que el niño demuestra que sí es capaz de usar su atención adecuadamente en ciertas circunstancias) sino un problema motivacional.
Al señalar a nuestro hijo, al colgarle a él el sambenito de su discapacidad, de su mal desempeño, nos estamos eximiendo de nuestra responsabilidad, que es grande y mucha, en la creación y desarrollo de la problemática. Me afirmo: “no soy yo como padre, no es el contexto social, no son las condiciones de vida, no es la normalidad evolutiva la culpable; es el cerebro del niño, sus genes alterados, es un mal interno que se manifiesta y de alguna manera ha de ser erradicado”. Y desde el planteamiento médico-psiquiátrico esta erradicación debe hacerse (¿cómo sino?) por medio de los psicofármacos. Y en este caso el fármaco estrella utilizado es el metilfenitado, en alguna de sus múltiples variantes: Concerta, Rubifen, Ritalin, etc. Estas sustancias son derivados anfetamínicos que se usan con la finalidad de corregir un “supuesto” retraso madurativo de la zona prefrontal del cerebro del niño (una zona del cerebro que se encarga de funciones como la atención, la inhibición de conductas o la planificación de acciones.) Las anfetaminas son famosas, entre otros motivos, porque se usaron ampliamente hace ya más de 3 décadas para potenciar las capacidades de estudio de los alumnos, que las tomaban para ser capaces de estudiar noches enteras sin necesidad de dormir. Sus efectos secundarios como sustancias anoréxicos, excitantes motores y ansiógenas en general son también vastamente conocidas. Por no hablar de mayores efectos perniciosos como la psicosis anfetamínica. Estas pastillas no son, por tanto, inocuas, no son, digamos, pastillas para la alergia o para la tos; son sustancias médicas que actualmente se recetan a la ligera y en cantidades ingentes sin que exista un temor ni una protesta social mínima.
Pero no se queda aquí el alcance de este trastorno. En los últimos tiempos, y visto el jugoso impacto comercial de la creación del TDAH para la población infanto-juvenil, se está creando una nueva ola en torno al TDAH en población adulta. Adecuando pormenorizadamente los síntomas se están empezando a diagnosticar multitud de casos en personas de mediana edad con este trastorno.
Resumiendo, con este artículo no se quiere defender el hecho de que esta problemática no exista, que no esté presente en la relación del niño con el ambiente que le rodea (es importante de nuevo remarcar que el problema se encuentra en esta interacción, nunca en el niño como ente aislado). Se defiende que su modo de entenderla, etiquetarla y finalmente tratarla no es la correcta ni la adecuada. Que agrupar ciertas características bajo un baile de siglas no va a lograr avanzar en la búsqueda de la solución ideal. Cada niño debe ser evaluado y tratado individualmente, ya que su vida, su desarrollo evolutivo, sus fracasos y sus logros no son los mismos que los de otro niño. Una pastilla “milagrosa” dada a todos por igual no va a variar ese hecho. Lo correcto sería mejorar su educación, inculcar unas adecuadas normas de conducta, ajustar los refuerzos y castigos con los que tratamos a nuestros hijos. Y conocer la motivación que nuestro hijo presenta en orden de mejorarla dado el caso. Es algo que lleva implícito muchas horas diarias de trabajo, paciencia y persistencia. No es la vía más fácil ni inmediata, pero si la más correcta, duradera y enriquecedora, tanto para ellos como para nosotros mismos.
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Abr 15, 2015 | Psicología
La Influencia Psicosocial en la Adicción a Sustancias
El ya pasado siglo XX fue cuna de innumerables experimentos psicológicos que en gran medida ayudaron a conformar la manera en la que hoy entendemos aspectos tan importantes de este área de conocimiento como son las emociones, las actitudes o la conducta.

Si tenemos que citar algunos de estos experimentos acerca de la adicción a sustancias, ateniéndonos a su relevancia y repercusión deberíamos situar en las primeras posiciones de este ranking ficticio a todos aquellos experimentos realizados a partir de la década de los años 60 que se centraron en el estudio de la influencia que tiene sobre nuestro comportamiento la presión social.
El norteamericano Stanley Milgram demostró cómo somos capaces, en determinadas circunstancias y ante la presencia de una figura de autoridad, de cometer actos que implican un grave daño físico sobre una persona inocente. Zimbardo exploró en su experimento de la cárcel de Stanford (llevado al cine recientemente) y de una manera pareja a la de Milgram, cómo la adquisición de un rol determinado y el proceso de desindividuación consecuente nos hacen a cualquier persona presa de un comportamiento violento o sumiso del que no seríamos capaces en circunstancias normales.
El estudio del apego materno-filial también fue diana de un famosísimo estudio llevado a cabo por el psicólogo estadounidense Harry Harlow. En este trabajo se trató de demostrar, en contra de la psicología conductista dominante en aquella época, cómo el apego de la cría a la figura materna no depende meramente de que esta alimente, cobije y proteja a aquella.
Para ello Harlow realizó un experimento en el que una cría de mono tenía que elegir como compañía entre una madre “postiza” creada con alambres que la alimentaba a través de un biberón y otra, más semejante a la real, hecha de felpa y suave al tacto, que sin embargo no le proporcionaba ningún alimento. La cría elegía siempre la madre más semejante a la de su especie y se abraza a ella fuertemente. El apego emocional, por tanto, iba más allá de la mera satisfacción de necesidades físicas y se extendía al campo de lo emocional.
Como apunte añadido a esta somera revisión es curioso señalar como ninguno de estos experimentos sería posible y viable llevarlo a cabo hoy en día debido a las restricciones legales que se infringirían con los participantes (incluidas las especies animales). La ética, en este caso y para bien o para mal, ha vencido al progreso de la ciencia psicológica.
Todos estos experimentos deben de resultar sobradamente conocidos a cualquiera que haya estudiado psicología o que esté interesado en la materia y haya leído sobre estos temas. Sin embargo, en el artículo que nos ocupa nos vamos a centrar en otro experimento que en su día tuvo mucho menos impacto y repercusión y que, de alguna manera, se encuentra escondido en los pliegues del tiempo. Versa sobre cómo se genera la adicción a sustancias psicoactivas y lo realizó Bruce K. Alexander, que aún vive en su residencia canadiense de Vancouver, en 1981.
La problemática de la drogadicción es sin lugar a dudas una de las mayores lacras humanas de nuestras sociedades actuales y llega a destrozar personas y familias como una plaga. Si raspamos sobre la superficie del consumidor individual comenzamos a comprender qué vasta influencia tiene este negocio en el mundo; como sus tentáculos lo tocan todo, desde la política hasta los designios de ciertos países. Según un reciente informe de la ONU del año 2013 es el negocio ilegal más rentable con absoluta diferencia, por encima de mercados tan lucrativos como son el tráfico de armas o la trata humana. Es recomendable leer “Zero Zero Zero” del escritor italiano Roberto Saviano para aprender acerca de este hecho.
Para realizar su experimento Alexander tomó como punto de partida otros experimentos clásicos realizados durante las década de los años 60 y 70. En estos experimentos previos llevados a cabo con modelos animales, preferentemente ratas, se trataba de demostrar que la adicción a sustancias, es decir, a determinadas drogas (cocaína, opio y otras sustancias reforzantes del sistema nervioso central equivocadamente llamadas “recreativas”) era algo que sucedía de manera inapelable, matemática y que era psicológicamente inevitable.

Para ello, encerraban en jaulas a estas ratas y observaban como la mayoría de ellas se convertían en absolutas adictas tras aprender a presionar una palanca que les permitía obtener estas sustancias. Olds y Milner se saltaron este paso intermedio y directamente insertaron quirúrgicamente un filamento en los llamados centros de placer del cerebro de la rata, lo que les permitía a los animalesautoestimularse tantas veces como desearan. El resultado fue dramático y asombroso al mismo tiempo: las ratas dejaban de alimentarse e hidratarse y se autoestimulaban hasta morir desnutridas y carentes de fuerzas.
Era la época del despegue de los psicofármacos y del estudio científico de las bases cerebrales de la conducta, del dominio de lo biológico y genético sobre lo social y mental. Aupados por una confianza desmedida y ciega, y en aras sin duda de equipararse al resto de áreas médicas, los científicos vieron que este campo abría nuevas posibilidades y nuevas esperanzas en el diagnóstico y tratamiento de los trastornos mentales. Se pensó que se podría hallar una región dentro de nuestro cráneo que dijera si teníamos una depresión, una esquizofrenia, un alcohólico potencial o si albergábamos un psicópata en ciernes. La frenología decimonónica a fin de cuentas, tan denostada y enterrada, volvía reencarnada y camuflada, abrigada bajo otras pieles pero con similar manera de explicar quiénes somos y que nos sucede.
Este empeño por medicalizar lo mental se extiende, cabe decir, y se agranda, aun a día de hoy, sometidos como estamos por las explicaciones médicas, donde la física y la química suplantan a la relevancia que el contexto, las vivencias, los pensamientos, las emociones, la familia y/o la sociedad tienen sobre nosotros.
Alexander quiso luchar contra la visión imperante derivada de estos experimentos donde las ratas se volvían adictas de manera inexorable. Para ello pergeñó el siguienteexperimento: Alexander pensaba que era obvio que las ratas se volvieran adictas a estas sustancias ya que estaban enjauladas en pequeños reductos, en condiciones de privación de libertad y sin resaltables estímulos a su alrededor. Pensó que si se creaba un entorno más placentero, más amplio, con mayores estímulos y, en definitiva, con unas condiciones de vida más satisfactorias las ratas no tendrían la necesidad de volverse adictas. A esto le llamó el “Rat Park”.
El resultado fue revelador, en estas condiciones favorables los roedores preferían jugar, comer, aparearse y emprender actividades que hacían su vida más gratificante. Tras este descubrimiento Alexander continuó realizando experimentos semejantes variando alguno de los factores implicados y llegó a la conclusión de que la adicción a sustancias no depende en absoluto de la farmacología de la droga, sino de la compleja urdimbre de las sociedades que no ofrecen apoyo.
Son unos resultados que hacen tambalear todo ese pensamiento casi axiomático en torno al poder casi subyugante de la droga por volver adicto a todo aquel que la pruebe o que la tenga a disposición. Para Alexander incluso algo tan aparentemente biológico como el síndrome de abstinencia se sustenta sobre raíces mentales. Es una explicación únicamente psicosocial del proceso de adicción a sustancias o drogas. Las preguntas retóricas resultantes son obvias y a la vez desazonan: ¿existen actualmente en occidente sociedades que proporcionen esa clase de vidas placenteras para todos sus moradores? ¿Existirán algún día?
Todas estas conclusiones obtenidas a raíz del experimento resultan, cuando menos, sorprendentes. Los humanos no somos obviamente ratas y puede que todas las conclusiones obtenidas no sean una verdad absoluta, pero nos hacen replantearnos variables que teníamos como ciertas e inamovibles. Y eso siempre resulta un paso adelante a la hora de comprender, predecir y cambiar el modo en cómo nos comportamos como seres humanos.

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